MALVINAS (VI): LA CULTURA DEL REBAÑO Y LOS MITOS HISTÓRICOS



Porque, en definitiva, ¿qué son las resoluciones de la ONU sino consensos que obedecen a determinados procesos complejos? Y no estoy con esto dando la razón o quitándosela a nadie. Porque a un historiador, si le importa que las Malvinas sean argentinas o británicas, debería no anteponer sus prejuicios y pasiones que nublarán su análisis. Muchos suelen responder con otro simplismo: es imposible la total objetividad, no es posible sustraerse a las influencias del medio, subjetividades e intersubjetividades entre las que se mueve o está inmerso el historiador. Es claro que el esfuerzo por integrar a la multiplicidad y la multifocalidad en un análisis resulta mucho menos cómodo que rendirse a la tiranía de esa voz interior que susurra que "nosotros" (nunca "ellos") siempre tenemos razón. Y es incómodo por una razón: podría ser que la realidad sea muy distinta a lo que yo creía inicialmente, podría ser que yo esté equivocado. Y, claro, tal cosa (por más humildes que seamos) es inadmisible.
En esta serie de artículos hemos intentado plantear el problema de Malvinas buscando trascender la mera dialéctica de constructos técnico-jurídicos y acusaciones cruzadas enfrentadas. Hemos intentado dejar asentadas las tergiversaciones, pero quien busque una definición respecto a quién es el "auténtico" o "legítimo" propietario del territorio en disputa no lo encontrará en nuestras líneas. En primer lugar porque no queremos formar parte de la cultura del rebaño que, tal terrible fuerza de gravedad, atrapa a aquellos que analizan los fenómenos históricos (en especial el de la cuestión Malvinas). Más allá de mis simpatías o antipatías, más allá de mis compromisos con determinados ejes ideológicos, más allá de mis creencias y convicciones más profundas, me mueve un irresistible anhelo de libertad de consciencia, de trascender las limitaciones (incluso las más sutiles) del intelecto humano. Porque, en definitiva, somos mucho más que un hato de mezquindades y podemos ver más allá de los avatares superfluos y fatuos para desentrañar lo que se oculta detrás de los telones de engaño que nublan nuestros ojos.
En resumidas cuentas nuestra posición es que, admitiendo que la ONU apoya plenamente el reclamo argentino de soberanía sobre las islas Malvinas, no podemos dejar de subrayar que muchos de sus fundamentos son inexactos y muchas veces míticos. Eso no revierte en favor de la posición británica, pero entendemos claramente que la defensa acérrima de tales mitos históricos es vital para ambas partes. Tan vital es que cualquier intento de relativizar o analizar objetivamente el asunto es elevado a la categoría de "traición" a causas nacionales e históricas. Ambas partes defienden sus intereses en un contexto donde claramente la cancillería argentina y el gobierno que sostiene a sus funcionarios han sabido leer correctamente una vez más una coyuntura favorable a sus intenciones.
Respecto a la cuestión de la "usurpación" británica creemos que existió, pero que la usurpada fué España en todo caso. Las islas eran una posesión española que, una vez dislocado el Imperio Español en América, pasaron a ser reclamadas por el gobierno revolucionario de Buenos Aires (que se autoadjudicó la representación política de todo el Virreinato del Río de la Plata constituído como una nación independiente aún no organizada) y por Gran Bretaña (por razones geoestratégicas y de mero nacionalismo imperialista). En otras palabras: la posesión de las islas fué desde un principio una cuestión de afirmación nacionalista de una nación en construcción por un lado y de una potencia hegemónica por otro.
El motín del gaucho Rivero en modo alguno puede ser considerado una revuelta nacionalista antiimperialista. En todo caso se puede entrever una reclamación de derechos y una rebelión contra autoridades que incumplieron los contratos, pero de ahí a llevar tal acción al nivel de una revolución nacional al estilo de la revuelta de los Cipayos hindúes o de los irlandeses o de los bóers contra la autoridad británica constituye un auténtico exabrupto. Las acciones bandoleriles de los gauchos se ejercían contra toda autoridad, sin distinción de banderas. Precisamente asumir que un gaucho defendía algún tipo de identidad supranacional por encima de sus propios intereses es desconocer mucho del pasado histórico regional. Algunos caudillos rioplatenses supieron utilizar tanto el espíritu díscolo como la lealtad gauchesca al líder (que seguía un patrón quasi feudal) para sus proyectos políticos de largo alcance. El gaucho Rivero simplemente lideró o formó parte de una acción bandoleril contra sus patrones y se apoderó de las despensas como objetivo básico de la rebelión. No hubo intención alguna de resitir al "invasor" inglés, excepto en la versión que muy posteriormente inventó cierta historiografía argentina y pan-rioplatense.
El quid de la cuestión está en que muchos creen que no se debe plantear claramente el asunto, porque se estaría apoyando uno u otro bando. La cultura del rebaño hace que no se vea bien aquella postura que no va con la corriente. Pero volvemos a subrayar que nuestra posición es la de complejizar los hechos y no utilizar una retórica disfrazada de complejidad para apoyar intereses y proyectos políticos. Aún cuando en el fondo sintamos simpatías por los mismos.
La historia de las islas es el cuento de dos monarquías opuestas, Inglaterra y España.
Es tiempo de pedir la paz y buscar un compromiso sin apresurar la victoria.
Al final, lo que verdaderamente importa es que no se derrame una gota más de sangre
en el altar de las aspiraciones imperiales de reyes requetemuertos.
ROGER WATERS.
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