viernes, 6 de abril de 2012

MALVINAS (IV): LA DERROTA DIPLOMÁTICA DE GRAN BRETAÑA




Es claro como el agua que la lucha de las naciones latinoamericanas por constituir y afirmar su identidad en un contexto permanentemente hegemonizado por las superpotencias anglosajonas y constantemente interferido por complejos fenómenos "globalizantes" (inclúyase la llamada "primera globalización" de los siglos XVIII y XIX e incluso la pretendida "proto-globalización" de los siglos XV-XVI-XVII) es un fenómeno tan relativamente reciente que nos perturba a niveles muy profundos, y eso nos dificulta analizar tales procesos históricos. A ello se debe añadir el actual proceso llamado por ciertos autores como "neo-populista", caracterizado por ser, entre otras cosas, un intento de poner un freno al extremismo "globalifílico" de los regímenes neoliberales de las décadas anteriores. Eso se traduce en un retorno de ciertos "fundamentalismos" nacionalistas, moderados en ciertos casos y quasi "chauvinistas" en otros. En cierto modo Latinoamérica en su totalidad está pasando por un proceso de "refundación" de sus nacionalidades, lo que lleva a permanentes roces tanto con vecinos como con potencias internacionales. Estados Unidos, Gran Bretaña e incluso Francia suelen ser enfrentados con un renovado fervor ante el menor indicio de interferencia en asuntos internos.
Ahora bien: ¿cómo entrever la delgada línea entre la militancia nacionalista a ultranza y la defensa legítima de intereses nacionales? Defensa legítima sí, pero de ningún modo habilitante a un historiador para justificarla utilizando demagogia o falseando deliberadamente los hechos. El fenómeno nacionalista, por más encuadrado en cánones democráticos que esté, suele ser pasional y despierta todo tipo de susceptibilidades. Se parte de la incuestionabilidad de cierto núcleo raíz de ideas y todo análisis se convierte así en un callejón sin salida con una conclusión forzosamente única.
En esta interesante coyuntura latinoamericana se atraviesa otro fenómeno de carácter internacional: la crisis económica que sacude Europa, Norteamérica y Japón (el mundo desarrollado) desde el 2008 y afecta a países emergentes (si bien a éstos, en muchos aspectos, los ha relanzado en la palestra internacional como nuevas potencias en algunos casos: Brasil, China, India, Rusia). Tal fenómeno produce no sólo contracción económica de las naciones industrializadas sino también una retracción hacia fenómenos nacionalistas de autoafirmación. Es necesario tener presente este escenario a la hora de analizar determinados hechos so pena de descontextualizarlos o entenderlos muy parcialmente (y parcializadamente).
En 1982 un desafortunado choque de procesos de reafirmación nacionalista convergentes produjo el encuentro bélico entre una nación latinoamericana emergente y otra perteneciente al grupo de las potencias coloniales en desgracia desde su pérdida definitiva de hegemonía mundial en favor de Estados Unidos a partir de 1945. La Guerra de Malvinas fué el corolario de una serie de desatinos diplomáticos entre una dictadura fascista latinoamericana en decadencia, apoyada por Estados Unidos, y un régimen neoliberal conservador en recesión aliado estrechamente con la superpotencia mundial. Una compleja urdimbre de intereses encontrados que terminó en una desgracia, podríamos decir.
Para explicar el comienzo de esta nueva etapa en las relaciones diplomáticas argentino-británicas hay que elevarse al 5 de julio de 1945, cuando el gobierno de Juan Domingo Perón presentó el proyecto, aprobado unánimemente en la Cámara de Diputados, de someter el diferendo por la soberanía de las islas al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Por vez primera el conflicto dejaba de ser una cuestión bilateral exclusivamente y se ponía a discusión en foros multinacionales. No obstante eso la escalada de incidentes y acciones bilaterales no cesó y alcanzó varios picos de tensión.
En 1947 se instituye la Subcomisión Islas Malvinas e Islas Georgias del Sur y el 9 de junio de 1948 la División Antártida y Malvinas del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina (Decreto Nº 17040). La nación sudamericana anunciaba así su intención de defender sus derechos sobre las islas del Atlántico Sur y una parte de la Antártida y preparaba su defensa legal ante los foros internacionales. Gran Bretaña replicó inscribiendo en 1948 a las islas como Territorio No Autogobernado o Territorio Dependiente Británico. En 1950 el Congreso Nacional Argentino declara a la Malvinas como "posesión argentina". La réplica es una Ordenanza Real británica del día 21 de diciembre de 1950 extendiendo la soberanía de las islas sobre 85.000 km2 de subsuelo y plataforma submarina.


Conjuntamente con las acciones diplomáticas ocurrieron algunos incidentes. En 1947 hubo maniobras y desembarco de personal y equipo por parte de toda una escuadra de la Armada Argentina en varias islas del Atlantico Sur. Las acciones formaban parte del proceso de instalación de bases militares argentinas en parte del territorio antártico y sus adyacencias reclamados (Argentina poseía desde 1904 la Base o Estación científica de las islas Orcadas). Hubo algunos roces con la fragata inglesa HMS Snipe y el crucero HMS Nigeria  apostados en la zona, pero la escuadra argentina decidió retirarse. Le siguió un período de distención consumado por el retiro de la zona de los navíos británicos de guerra en 1949.



En 1952 el tono de las declaraciones subió nuevamente y Buenos Aires anunció la ocupación de los territorios australes reclamados. El 1 de febrero de 1952 se produjo un incidente bélico de baja intensidad en Bahía Esperanza (Hope Bay). Desde el 14 de enero de ese año personal del ARA Chiriguano, buque de la Armada Argentina, se encontraba construyendo el Destacamento Naval Esperanza, cuando el 1 de febrero fué enviado un equipo civil de la Falkland Islands Dependencies Survey en el buque John Biscoe a reconstruir la antigua Base D, instalada en 1945 e incendiada en 1948. Hubo advertencias y luego disparo de ráfagas de ametralladora por parte de militares argentinos a las órdenes del teniente de fragata Luis Casanova,  lo que obligó al equipo británico a reembarcarse. El gobierno argentino informó al embajador británico de que se trató de un malentendido y un exceso de autoridad de Casanova (aunque éste no fué removido de su cargo). El 4 de febrero, al llegar la nota de protesta del Gobierno británico, el gobernador de las Falkland, sir Miles Clifford, desembarcó infantes de marina en Bahía Esperanza en la fragata HMS Burghead Bay como protección al buque John Biscoe en su tarea de transportar a quienes realizarían los trabajos de reconstrucción de la Base D. También se envió a la zona el HMS Superb con autorización de uso de la fuerza. La tensión aumentó con el desembarco argentino en isla Decepción (Shetland del Sur) en 1953. En realidad se trató de la inauguración del Refugio Naval Thorne el 3 de enero y el Refugio Teniente Lasala el 17 de enero por parte del buque ARA Chiriguano, donde se dejó a un sargento y a un cabo (desde el 25 de enero de 1948 Argentina poseía una base científica en la isla llamada Destacamento Naval Decepción). El 15 de febrero 32 royal marines desembarcaron del HMS Snipe, destruyeron los dos refugios y los dos marinos argentinos fueron devueltos a un barco de su nacionalidad el 18 de febrero.  Sin embargo el compromiso de nointerferencia mutuo en Bahía Esperanza aportó un breve período de calma.  Éste se vió roto por los incidentes en la isla Dundee, en el archipiélago de Joinville a fines de 1853. Para poner fin a la tensión el presidente Perón, en ocasión de la ceremonia de coronación de la reina Isabel II en 1853, envió al contraalmirante Alberto Tesaire, presidente provisional del senado, con instrucciones para negociar en privado un traspaso de la soberanía de las islas al Estado argentino a cambio de una compensación financiera. El Foreign Office rechazó la oferta porque temía debilitar aún más el régimen del Primer Ministro Churchill ante la opinión pública.
En 1964 se inició una nueva escalada de tensiones. En septiembre ocurre el incidente en el que el piloto civil argentino Miguel Fitzgerald aterriza una avioneta en el hipódromo de Port Stanley y despliega una bandera de su país, logrando regresar impunemente a suelo argentino sin ser capturado. Londres elevó una protesta ante la ONU pero Buenos Aires desligó responsabilidades en el asunto. El gobierno británico decidió establecer un destacamento permanente de royal marines en las islas.
En setiembre de 1966 la tensión llegaba a un pico extremo cuando un grupo comando acompañado por dos periodistas del diario Crónica, secuestran el vuelo 648 que hacía el trayecto Buenos Aires-Río Gallegos, transportando al entonces gobernador de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, y lo desvían hacia las islas haciéndolo aterrizar en el hipódromo de Port Stanley. La llamada "Operación Cóndor" (curioso nombre) pretendía asaltar la casa del gobernador y el arsenal pero se empantanaron en el hipódromo y fueron sitiados por las fuerzas de seguridad locales. Con la intervención de un cura católico local que, incluso, ofició una misa en castellano, se consiguió que los secuestradores entregaran las armas al comandante del avión, Ernesto Fernández García, y se rindieran ante las autoridades locales. De vuelta en Argentina dos días después de su llegada a las islas, transportados en el ARA Bahía Buen Suceso, fueron juzgados por el gobierno de facto de Onganía. La mayoría recibió condenas de nueve meses y tres de elos de tres años debido a sus antecedentes políticos. Hubo protestas y acciones antibritánicas, como el tiroteo de la embajada en Buenos Aires, lo que motivó un rápido pedido de disculpas del gobierno argentino a su par británico. Londres aumentó el regimiento de Royal Marines en Falkland de 6 efectivos a 40, elevándolo a la categoría de pelotón.
El 27 de noviembre de 1968 en una operación orquestada por el diario Crónica, en la que participaron el piloto Fitzgerald, el director del matutino y un periodista, una avioneta propiedad del medio de prensa aterrizó en condiciones algo forzosas en un camino próximo al hipódromo de Port Stanley. Los intrusos fueron detenidos por 48 horas y luego devueltos a Río Gallegos.
A todo esto la República Argentina, presidida por Arturo Illia, obtiene un contundente triunfo diplomático en el seno de las Naciones Unidas. La resolución 1514 (XV) Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales, del 14 de diciembre de 1960 (aprobada por 89 votos a favor y 9 abstenciones), hace referencia en los puntos 2, 4, 6 y 7 al respeto a la autodeterminación, a la unidad nacional y a la integridad territorial. A su vez las resoluciones 1654 (XVI) y 1810 formalizaban el "Comité Especial de los Veinticuatro" para hacer un seguimiento de los procesos de descolonización. El caso Malvinas cayó en la esfera del Subcomité III. El gobierno de Illia presionó y logró que la ONU obligara a Londres a debatir y negociar el statu quo de las islas (Londres quería mantener el statu quo vigente en base a una interpretación parcial de la resolución). En las sesiones de setiembre de 1964, ambas delegaciones presentaron sus respectivas tesis: José María Ruda lo hizo por el lado argentino y Cecil King por la parte británica. Con fuerte respaldo latinoamericano (en especial de Uruguay y Venezuela) se aprobó punto por punto la tesis argentina. El principal éxito residía en el reconocimiento internacional de que la resolución 1514 debía aplicarse al territorio y no a la población en el caso de Malvinas (predominio del principio de integridad territorial de un Estado sobre el principio de autodeterminación del pueblo).
La estategia argentina tuvo eco y resonancia en un especial momento de la historia, signado por el proceso de descolonización que había entrado en una recta de consolidación. Precisamente el principio de integridad territorial encontraba una amplia aprobación inclusive entre algunas de las potencias colonialistas (de ese modo defendían derechos como los de España sobre las islas Canarias, Dinamarca sobre Groenlandia, Francia sobre Córcega, etc). La búsqueda de la preservación de los statu quo territoriales, muchos de ellos irrespetuosos de derechos de autodeterminación e identidad étnica, estaba unida a la pretensión de lograr un equilibrio internacional que satisfaciera tanto a los nuevos Estados como a las ex potencias coloniales. Los casos como el de Timor Oriental, en poder portugués entonces y reclamado por Indonesia (que lo ocupó en 1975) o Taiwán, cuya independencia no era aceptada por China continental que, de hecho, consiguió desplazarla en el Consejo de Seguridad de la ONU en 1971, o el caso de la República ibo de Biafra, cesesionada de la Federación de Nigeria en 1967 pero reincorporada a la fuerza en el Estado africano conformado en 1960, constituyen ejemplos de cómo se oponían los derechos de integridad territorial por encima de los ligados a la autodeterminación de los pueblos. Muchas de las nuevas naciones nacieron amenazadas con desintegrarse en un maremágnum de pequeñas e inestables estructuras y ese era un riesgo que debía evitarse. Por eso tuvo muy buena acogida la tesis argentina en el seno de unas Naciones Unidas donde las representaciones de los países emergentes eran mayoritarias. Se instalaba la idea de que Malvinas era un enclave colonial equiparable a Adén, Gibraltar o Hong Kong, que debía ser restituído a sus legítimos dueños. De ese modo se convertía en uno de los símbolos de la lucha contra el colonialismo y la prepotencia de las naciones con un pasado colonialista. Claro está que también tales enclaves y su defensa se convirtieron en símbolos de orgullo patriótico de esas antiguas potencias.
Como corolario de una brillante serie de éxitos diplomáticos por parte de Argentina, el 16 de diciembre de 1965 se aprueba, con 94 votos a favor y 14 abstenciones, por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas la resolución 2065 (XX) basada en el informe previamente aprobado por 87 votos a favor y 13 abstenciones de la IV Comisión de Asuntos Coloniales de la Asamblea General. La resolución consagra la derrota diplomática de Londres que incluso, contó con el respaldo explícito de Estados Unidos en su pretensión de llevar las negociaciones fuera de la órbita de Naciones Unidas. Obliga a Gran Bretaña y Argentina a negociar e informar tanto al Comité Especial como a la Asamblea General de los progresos, además de sancionar la descolonización de las islas sobre el principio de integridad territorial y no sobre el de autodeterminación. El éxito diplomático argentino fué tan rotundo que Gran Bretaña tuvo que empezar a ceder a pesar del orgullo nacional herido.
El 14 de enero de 1966 el Reino Unido aceptaba oficialmente la validez de la resolución 2065 a través  de la firma en forma conjunta de un documento por parte del canciller argentino Miguel Ángel Zavala Ortiz y el secretario de Estado de Relaciones Exteriores británico Michael Stewart. Pero luego ocurre el golpe de Estado de Onganía y las conversaciones se enrarecen, mediatizadas por los incidentes como el de la "Operación Cóndor". Onganía había nombrado al brigadier Eduardo Mc Loughlin como embajador en Londres y encargado de las negociaciones. Tras algunas propuestas evasivas como la del congelamiento por 30 años de las conversaciones y traspaso de la decisión al pueblo de las Malvinas, en marzo de 1967 el gobierno británico anuncia que está dispuesto a traspasar la soberanía de las islas siempre que se respete el "deseo" de los isleños. Téngase en cuenta que la resolución de la ONU establece que se deben respetar los "intereses" pero no los "deseos" de los habitantes de las islas, por lo que no se puede objetar la negativa argentina a la propuesta británica. Pero también debe tenerse en cuenta que el Parlamento londinense estaba siendo presionado por un llamado "Falklands Lobby" (Comité del Reino Unido y las islas Falkland), compuesto por influyentes ciudadanos y financiado por la Falkland Islands Company. En febrero de 1968 el Lobby presionó al Parlamento británico para que se interpelara a Lord Chalfont, representante del Foreign Office, y al ministro Stewart, cosa que se hizo en marzo. No se llegó a un consenso y el gobierno sólo se comprometió a someter a convalidación de los isleños un posible acuerdo binacional. De este modo el 28 de marzo hubo un acuerdo entre Mc Loughlin y Stewart sobre la base de la atención de los "intereses" y no los "deseos" de los isleños, a la par que se dejaba de lado la cuestión de la "autodeterminación". Los ministros Nicanor Costa Méndez y Charles Stewart comunicaron a la Asamblea General de la ONU los términos del Memorándum conjunto. El giro sorprendente que tuvo este episodio dos meses después no deja de consternar a los analistas. Lord Chalfont defendió ante los isleños la conveniencia de continuar con el traspaso de soberanía y, junto con Stewart, debió soportar el embate del Lobby, de los conservadores y de la prensa británica. Sin embargo el gobernante de facto Onganía mantuvo un obstinado silencio sobre cuyos motivos sólo existen especulaciones. Cuando se decidió a apoyar el Memorándum de Entendimiento en diciembre de 1968 el gobierno laborista inglés ya había cedido a la presión de la oposición. Stewart comunicó a Mc Loughlin que Londres no apoyaría el Memorándum y retrocedió hacia las exigencias anteriores: el respeto de los "deseos" de la población isleña y la discusión de descolonización sobre la base del principio de autodeterminación.
Gran Bretaña debió ceder nuevamente a la presión internacional en 1970: el 12 de octubre la Asamblea General de la ONU emitía la resolución 2621 (XXV) exigiendo la aceleración de las conversaciones sobre descolonización. Al año siguiente, tras varias evasivas, el Reino Unido aceptó negociar respecto al tema de las comunicaciones de las islas con el continente. El 1º de julio ambos gobiernos suscribieron un acuerdo de cooperación y compromiso de facilitación de circulación de bienes y servicios entre las islas y el continente.  Los avances en este respecto fueron notorios en los siguientes meses (incluían convenios para construir un aeródromo e instalar una sucursal de Líneas Aéreas del Estado argentino en Port Stanley), contando con el beneplácito del Lobby, la Falkland Islands Company, la prensa y la oposición conservadora británica. Pero respecto a la agenda de descolonización Londres la evitó constantemente. En mayo de 1973 el nuevo gobierno democrático de Héctor Cámpora denunció ante la ONU la actitud británica. El 14 de diciembre la Asamblea general aprobaba la resolución 3160 (XXVIII) que instaba al cumplimiento de la resolución 2065. La "política amistosa" parecía llegar a su fin (declaraciones del canciller Alberto Vignes en julio de 1974), si bien no se interrumpieron las negociaciones.
El gobierno del primer ministro británico Harold Robins aceptó la reapertura de las negociaciones sobre la base del condominio anglo-argentino sobre las islas. Se efectuaron reuniones de carácter confidencial y se llegó a establecer una agenda. Pero todo se desmoronó a partir del fallecimiento de Perón ese mismo mes de julio de 1974. Una de las razones principales que jaquearon los acuerdos fué el inicio de prospecciones petrolíferas por parte de compañías británicas en las islas. El 19 de marzo de 1975 el gobierno argentino emite un comunicado en tono muy duro oponiéndose a las intenciones británicas de explotar recursos naturales en las islas.
A partir de entonces se abre un período de máxima tensión y ruptura de las relaciones binacionales. El principal disparador es el envío de una misión económica a las islas encabezada por Lord Shackleton el 12 de octubre de 1975. La acción unilateral británica produce un endurecimiento de las declaraciones argentinas, llegando a amenazar veladamente con la acción armada. A pesar de ello la única propuesta para continuar las negociaciones vino del lado argentino: el canciller Manuel Aráuz Castex propuso convertir a la misión Shackleton en binacional. Pero Gran Bretaña respondió con evasivas, dando a entender que tenía intención de proseguir unilateralmente con la iniciativa. Al arribo de la misión el 3 de enero de 1976 la tensión llegó a un máximo peligroso. Gran Bretaña ensayó varios intentos por distender la situación pero el gobierno argentino se mantuvo firme en sus posiciones, amparándose además en el formal respaldo recibido de la OEA. El 4 de febrero ocurrió un incidente en el que el destructor ARA Almirante Storni y un avión Neptune persiguieron (y también se abrió fuego) contra el buque británico de investigación oceanográfica RSS Shackleton hasta seis millas de Port Stanley. A pesar de lo espectacular del incidente lo cierto es que no hubo intención desde ninguno de los implicados en el mismo de efectuar una acción drástica. Por otro lado Londres se hallaba enfrascado en el conflicto comercial con Islandia llamado "Tercera Guerra del Bacalao", y restó trascendencia al "incidente Shackleton". Podemos notar en esta situación la forma en que obra Londres en su nueva etapa como potencia colonial de menor trascendencia: a través de conflictos controlados y focalizados con los cuales busca obtener réditos económicos.
Esta cuestión es evidente si tomamos en cuenta que, debido a las conclusiones del Informe Shackleton de julio de 1976, que evidenciaba la debilidad de la economía malvinense y la necesidad de desarrollarla con la cooperación de Argentina, Londres decide retomar la propuesta de cooperación binacional. Desde principios de año los gobiernos del dictador Jorge Videla y del laborista James Callaghan habían retomado el cauce de las negociaciones de carácter secreto. Pero pese a las simpatías del ministro Martínez de Hoz por el capital británico, el gobierno argentino no cedió en sus posiciones. A esto se suma el total respaldo a la Argentina otorgado por la ONU en la resolución 3149 (XXXI) del 1º de diciembre, donde se manifiesta preocupación por el accionar unilateral británico.
La intención británica de capitalizar el mayor tiempo posible el desarrollo económico de las islas explica su política ambigua y esquiva de dilatar el traspaso de soberanía del territorio. Pero su peligrosa estrategia de elevación de tensiones y posteriores distenciones tendría un efecto trágico. En efecto para 1977 estaba claro que su interés se centraba en acelerar la cooperación binacional aplicando las conclusiones de la misión Shackleton. Se buscaba negociar con los intereses isleños (para que acepten la idea de la cooperación) y se promovía la acción diplomática dilatoria. Pero la diplomacia argentina demostró una vez mucha inteligencia: propuso la reanudación plena de relaciones diplomáticas, desactivando las intenciones británicas de militarizar las islas como pretexto por las amenazas previas de Buenos Aires.
El 19 de abril de 1977 se emitía un comunicado conjunto en el que Londres aceptaba por primera vez discutir el tema de la soberanía. La oposición política y la de los intereses malvinenses arreció nuevamente contra la política de acercamiento del Foreign Office. La diplomacia británica debió maniobrar ante las presiones internas y externas, consiguiendo una nueva dilatación del tratamiento de la cuestión de fondo que se prolongó hasta fines de 1981 con encuentros diplomáticos en Nueva York, Lima, Ginebra y París. Buenos Aires intentó como estrategia paralela la compra de parte de la Falkland Islands Company a través del empresario Héctor Capozzolo, con el objetivo de restar financiamiento al poderoso Falklands Lobby. Sin embargo el gobierno británico bloqueó la operación. La estrategia argentina adolecía de un único defecto: su negativa a incluir en su estrategia a los colonos isleños. De hecho parte de la presión que hacía caer los acuerdos venía de los colonos o "kelpers" (como se los llama despectivamente en Argentina). Pero mientras Buenos Aires negaba a los kelpers, Londres insistía en incluirlos en la negociación. Obviamente que, en definitiva, formaban parte de la excusa británica para proponer maniobras dilatorias, pero lo cierto es que propuestas salomónicas que llegaron a contentar a ambas partes terminaron en agua de borrajas por la cuestión de la presión isleña aunada a la de los poderosos intereses económicos que se aprovechaban de la misma.
Eso es evidente en el último intento británico por forzar un acuerdo que contentara a todas las partes (en definitiva, eso es la diplomacia). En julio de 1980 el gobierno de Margareth Thatcher propuso la idea del arriendo: Argentina tendría la soberanía nominal de las islas y el Reino Unido las administraría por un período de tiempo determinado (se hablaba de entre 25 y 99 años). La opinión de los colonos por vez primera se mostró dividida: había una mayoría de indecisos. Sin embargo la presión combinada de una oposición parlamentaria conjunta laborista-conservadora, la del Lobby, el London Times y la minoría isleña recalcitrante pusieron al gobierno Thatcher contra las cuerdas. A pesar de que el diagnóstico de la situación aconsejaba la solución del arriendo, sostenido por el gobierno británico, la oposición se mantuvo intransigente. De este modo se cayeron las rondas de negociaciones en 1981. El diálogo se terminaría en breve.

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MALVINAS (III): LOS COLONOS ARGENTINOS VS LOS COLONOS MALVINENSES
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sábado, 17 de marzo de 2012

ETNIAS DE URUGUAY: LA IDENTIDAD MESTIZA EN URUGUAY (I)


A pesar de que durante más de un siglo el sistema educativo nacional, organizado por José Pedro Varela durante el régimen de Lorenzo Latorre (1876-1880), instrumento de "homogeneización" (en lo declarativo, claro), nos embutió en la cabeza que en el Uruguay somos todos descendientes de "blancos" europeos venidos en barcos (salvo algunas pocas excepciones) lo cierto es que las complejas realidades étnicas subyacentes bajo la tiranía cultural "blancofílica" rioplatense pugnaron siempre por hacerse notar. La modernización iniciada en el siglo XIX con el régimen autoritario de Lorenzo Latorre (1876-1880) se esforzó por apresurar el proceso de "europeización" iniciado mucho antes por las élites patricias criollas. Amparados en concepciones fundamentalmente "racistas", en pleno auge del "positivismo" científico, se pretendía mejorar la "raza" autóctona ("patricia" fundamentalmente) a través del mestizaje con colonos venidos de Europa. Aquellos elementos díscolos a toda asimilación en semejante sociedad eran lisa y llanamente reprimidos y suprimidos. En 1831 el primer presidente del Estado Oriental independiente, el General Fructuoso Rivera, había iniciado el exterminio de indios y gauchos matreros. El alambramiento de los campos impulsado por el General Lorenzo Latorre en el Código Rural de 1879, significó el golpe de gracia para aquellos restos del gauchaje que aún resistían el avance arrollador del "progreso". La mayoría terminó en los centros de detención sometidos a trabajos forzados. El resto fué desapareciendo en las guerras civiles que, periódicamente, sacudían al naciente Estado uruguayo. De paso la ley de medianería forzosa incluída en el Código Rural de Latorre acabó con el minifundio y provocó desocupación rural y una emigración masiva de peones, "paisanos", agregados y puesteros a los suburbios de las ciudades (rancheríos) o a los "pueblos de ratas" que empezaron a surgir como hongos. Fueron la raíz del proletariado urbano que sería una de las bases del batllismo, y también el fermento del movimiento sindical tan perseguido por el establishment conservador.
Esos grupos socialmente sumergidos y maltratados eran, por cierto, los descendientes del antiguo Uruguay criollo-mestizo-indio-negro-mulato que el "progreso" pretendía borrar como si de un error histórico se tratase. Pero la invisibilización de tales sectores empezó mucho antes. Comenzó en las Misiones jesuíticas. Especialmente en los Siete Pueblos de las Misiones Orientales, manzana de la discordia entre los Imperios Español y Portugués.
En 1607 a instancias del padre jesuita Diego de Torres se crea la Provincia de Misiones del Paraguay.  Entre 1609 y 1610 comenzaron a fundarse las primeras reducciones, pero las malocas o bandeiras paulistas ocurridas entre los años 1612 y 1632 destruyeron varias de ellas o las obligaron a relocalizarse. En 1641 el triunfo de las milicias guaraníes sobre los bandeirantes en Mbororé permitió la ocupación misionera del territorio al oriente del río Uruguay. Finalmente se construyeron un total de 34 misiones jesuíticas hasta el año 1762: diez al oeste del Paraná, diecisiete entre el Paraná y el Uruguay y siete al este del Uruguay. Las misiones jesuíticas se conformaron mayormente con guaraníes, si bien se integraron (siempre de manera forzosa) pequeños grupos pertenecientes a otras naciones indígenas: charrúas en Santo Ángel, minuanos en Jesús María y guenoas en San Borja. Dedicadas a la agricultura y a la ganadería las reducciones jesuíticas del oriente del río Uruguay fueron poseedoras de extensos latifundios en la región al norte del río Negro, donde se dedicaban al arreo de ganado suelto de las vaquerías. En esta primera etapa tanto de las misiones jesuíticas como de las reducciones y encomiendas guaraníticas de los franciscanos se produjo un constante número de deserciones que pasaron a engrosar la población de vagabundos, changadores, peones de estancia y contrabandistas que poblaron el territorio de la Banda Oriental. Durante un tiempo la Colonia do Sacramento (1680-1777), fundada por los portugueses en el Río de la Plata, fué un polo aglutinador de esta clase de elementos que vivían del comercio y el contrabando que se canalizaba por esa plaza. Esta población heterogénea es el germen del elemento "gaucho", un término que aparece utilizado por vez primera en 1771, y que define a la población marginal (asociada con delincuentes, contrabandistas, vagabundos, ladrones y salteadores), muchas veces vinculada a los indios minuanos, que venía siendo perseguida al menos desde 1747 según una orden dictada al Cabildo de Montevideo por el entonces gobernador del Río de la Plata José de Andonaegui. Precisamente los "camiluchos" guaraníes evadidos de las reducciones contribuyeron en gran medida, junto a fugitivos "blancos" y "negros" de las ciudades e indios renegados, a la gestación de ese tipo social de la campaña rioplatense. Las batidas de las autoridades hispánicas contra los gauchos estaban enmarcadas en las campañas de represión contra minuanos (1730-1764) y charrúas (1702 y1749-50), que se sumaban a la Guerra Guaranítica (1753-56) que enfrentó a los colonizadores con sus principales tropas de asalto. El resultado de tales campañas fué que los "indios" y los "gauchos" fueron expulsados al norte del río Negro. Pero el resultado de la desastrosa Guerra Guaranítica fue aún más terrible y marca el inicio de la agonía de un pueblo condenado a ser invisible.
Desde el momento mismo de la fundación de la Colonia do Sacramento por Manuel de Lobo en 1680 se convocó a las milicias guaraníes de las Misiones por parte del entonces gobernador de Buenos Aires, José de Garro, para sitiar la plaza. Los guaraníes misioneros no solamente debieron presentarse como soldados al servicio de las autoridades hispanoamericanas en cada una de las batallas contra Portugal que eran ganadas en el campo y luego perdidas en las negociaciones diplomáticas, sino que fueron utilizadas como tropas de guarnición en Montevideo y otras plazas en territorio oriental. Además debieron participar en todas las campañas contra los indios y gauchos. Y no sólo como guerreros: debieron también prestar ayuda en los tareas de construcción y manuales, ya que se trataba de la única fuerza de trabajo calificada en toda la región. De hecho los guaraníes demostraron ser mejores trabajadores y artistas que guerreros.
La proverbialmente desastrosa diplomacia española, empeñada en recuperar la Colonia, aceptó permutarla por el territorio de las Misiones Orientales en el Tratado de Madrid de 1750. La historia del conflicto hispano-portugués por el control de la región fronteriza de la Banda Oriental marca una clara diferencia de visión geopolítica entre ambos Imperios. Portugal buscaba controlar la cuenca del Plata en su totalidad, pero España, por alguna razón, se contentaba con defender la zona del estuario platense. Si los monarcas de España hubieran tenido un ápice de visión estratégica les habría bastado con reforzar la frontera misionera para defender aquellos territorios. Sin embargo, con el Tratado de Madrid de 1750 aceptaban el desmantelamiento de aquella línea defensiva. Y no sólo eso, también se arriesgaban a desmantelar un ejército organizado -si bien, quizá, no especialmente efectivo- como era el de los guaraníes.
En efecto, la órden de Fernando VI (1746-1759) de evacuar los siete pueblos de San Borja, San Nicolás, San Miguel, San Lorenzo, Santo Ángel, San Luis Gonzaga y San Juan Bautista, junto a sus respectivas estancias y las pertenecientes a Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé, Apóstoles y Concepción, llegó a Buenos Aires oficialmente en 1751. El superior de las Misiones, Bernardo Nusdorffer, comunicó la noticia a los cabildos de los siete pueblos entre marzo y abril de 1752. Inmediatamente el cabildo y caciques de San Juan Bautista se declararon en rebeldía. Para mayo de 1573 todos los pueblos de las Misiones Orientales estaban en pie de guerra. En 1754 llegó una órden directa de España al gobernador Andonaegui de que debía tomar por la fuerza los siete pueblos misioneros rebeldes y entregarlos a las autoridades portuguesas. En mayo, Andonaegui concentró 1500 hombres procedentes de Buenos Aires, Santa Fé, Corrientes y Montevideo en Santo Domingo Soriano. Los portugueses hicieron lo propio, al mando de Gomes Freire de Andrade, gobernador de San Pablo y Río de Janeiro, en el Fuerte Jesús María José de Río Pardo. Los guaraníes recibieron refuerzos de tribus charrúas, guenoas y minuanas. Las operaciones fueron dificultadas por la estrategia de guerrillas de la enconada resistencia guaraní que obligó a la retirada de las tropas coaligadas, pero los dos cabecillas misioneros Rafael Paracatú y José Sepé Tiarayú fueron capturados. En noviembre de 1754 se firmó un armisticio en el Yacuí.
En diciembre de 1755 se reanudaron las hostilidades con la inclusión del gobernador de Montevideo, José Joaquín de Viana, en la guerra contra los guaraníes. Éstos eran comandados por José Sepé Tiarayú, quien se había escapado de sus captores portugueses. En febrero de 1756 se unieron a los coligados anti-misioneros 150 soldados enviados desde España. Los guaraníes opusieron una tenaz guerra de guerrillas al imponente ejército que se le oponía. En un enfrentamiento en Batoví Viana mata a Sepé. Lo sustituye en el mando de las fuerzas misioneras Nicolás Ñanguirú. Pero el 10 de febrero de 1756 el caudillo misionero y 1.511 de sus hombres son aniquilados en la Batalla de Caibaté. Luego del desastre la casi totalidad de los pueblos son ocupados. Los restos de la fuerzas guaraníes aún presentarán Batalla en Chumiebí el 22 de marzo y en San Miguel en mayo. Pero el 8 de junio, Andonaegui dió por terminada la guerra y supervisó la evacuación de 29.191 personas al occidente del río Uruguay. En noviembre Viana hace construir el Fuerte de San Antonio de Salto Chico (antecedente de la actual ciudad de Salto). El ejército aliado permaneció diez meses en las Misiones. Finalmente los portugueses se retiraron a Río Pardo, sin llegar a ningún acuerdo sobre los límites. Portugal retuvo la Colonia y España las Misiones hasta que el Tratado de El Pardo de 1761, a instancias del nuevo monarca Carlos III (1759-1788), anuló totalmente las disposiciones del Tratado de Madrid. Realmente aquella fue una guerra inútil que produjo un desastre humanitario del que, obviamente, nadie se hizo cargo.

Difícil es estimar el número de indios misioneros que se escaparon de las reducciones a lo largo de la existencia de la Provincia de las Misiones. Se sabe que fue una sangría lenta y continua motivada por la resistencia al trabajo comunal y a la rutina diaria, la inadaptación a la estructura socio-económica misional,  el ofrecimiento de trabajo y altos salarios por parte de los hacendados criollos e, incluso, algunas crisis alimentarias motivadas por malas cosechas. Pero hubo períodos donde las emigraciones fueron más intensas. Uno de ellos fué durante las epidemias que asolaron las reducciones entre 1690 y 1732. El segundo período de más drástico drenaje poblacional fue entre 1751 y 1762, durante la crisis que desembocó en la Guerra Guaranítica. De los 29.191 pobladores de los siete pueblos de las Misiones Orientales existentes en 1750 sólo quedaban 14.018 en 1762. Únicamente San Nicolás, San Lorenzo y, en menor escala, San Borja, sufrieron menor despoblación. A este despoblamiento se suma la relocalización forzosa de la población por parte de las tropas de ocupación. Los españoles obligaron a 15.000 guaraníes misioneros a realojarse en rancheríos sobre el río Paraná y en campos junto al río Uruguay. Las tropas portuguesas de Gomes Freire de Andrada arrastraron a 1.000 familias guaraníes a Río Grande. La mayoría se utilizó para poblar el recientemente fundado pueblo de Nuestra Señora dos Anjos en Viamao (1756). En 1763 arribaron 3.500 indios a la aldea. El trato dispensado a los mismos motivó un descenso sostenido de la población por deserción desde 1780. De hecho a fines de siglo el pueblo virtualmente desapareció por el despoblamiento. La población guaraní de Viamao buscó refugio mayormente en la Banda Oriental, además de dispersarse en campos riograndenses.

Es necesario precisar que, si bien el masivo poblamiento guaraní del territorio oriental es parte de un proceso iniciado antes de la colonización europea, no es posible cuantificar la importancia de la emigración guaraní pre-hispánica en el Río de la Plata. Se sabe que muchos grupos indígenas, asentados en el área litoraleña estaban inmersos en un proceso de aculturación conocido como "guaranitización". Se trataba de la apropiación por parte de esas tribus de bienes culturales (incluído el idioma) de procedencia guaraní. Existe constancia de penetración guaraní masiva en el área misionero-correntina-chaquense y riograndense, y del asentamiento de grupos guaraníes en el Delta del Paraná (chandules). Esta corriente migratoria habría arribado a la Banda Oriental hacia el siglo XV-XVI desde el Delta hasta Colonia (región del río Santa Lucía) y desde Río Grande hacia el norte y este del actual territorio oriental (hay indicios de asentamientos guaraníes en Isla Larga 9, zona de San Miguel, Rocha). No obstante, básicamente, al menos hasta el río Yacuy al norte y la región de la laguna Merim al Este el territorio seguía siendo charrúa y de otras tribus no guaraníes. Lo mismo sucedía en Entre Ríos y Santa Fe, donde predominaban los chanás y otros grupos. Precisamente con un grupo de guaraníes de las islas (chandules) tuvo el piloto Juan Díaz de Solís su infortunado encuentro en 1516. Estas tribus desaparecen rápidamente de las crónicas españolas, suponiéndose que se extinguieron debido a múltiples causas (guerras, epidemias, mestizaje con los colonizadores) antes incluso que los chanás en el correr de los siglos XVII y XVIII. De modo que la más importante corriente migratoria guaraní a territorio oriental se produjo en pleno período colonial hispánico.

La expulsión de los jesuitas en 1767 marca una fase de despoblamiento terminal de las Misiones en general. La autoridades civiles se mostraron incapaces para detener la hemorragia que redujo dramáticamente la población de las otrora populosas ciudades jesuíticas. Privados de la organización misionera los indios se vieron sumidos en la anarquía. Tan es así que el muy odiado gobernador de Yapeyú Francisco de Rodrigo no pudo oponer resistencia a la invasión lusitana a las Misiones Orientales y la villa de Melo en octubre de1801 llevada a cabo por el bandeirante José Borges do Canto. La ocupación portuguesa, motivada por la pasividad indígena, motivó una nueva oleada de refugiados en Misiones Occidentales, Corrientes y la Banda Oriental. Esta sangría se acentuó durante el proceso artiguista (1810-1820), una de cuyas bases sociales la constituyó el "paisano" de orígen tape y mestizo. Artigas no pudo evitar un nuevo desastre humanitario en las Misiones Orientales durante la guerra de 1816-1820, que terminó con la ocupación portuguesa de la Provincia Oriental. Por otro lado el hostigamiento portugués en la frontera de la Banda oriental fué permanente durante todo el artiguismo. Por otro lado tras la derrota final de Artigas por el caudillo entrerriano Ramírez se produjo un éxodo de 4.000 indios tapes a lo largo de la década posterior a 1820 desde las provincias de Corrientes, Misiones y Entre Ríos huyendo de las persecuciones a las que fueron sometidos como parte de los sustentos populares y militares del artiguismo. La mayoría se estableció en los campos entre los ríos Daymán, Arapey y Queguay, bajo protección del gobierno portugués de Montevideo y de su entonces aliado como jefe de las milicias de campaña el general Fructuoso Rivera.


El último aporte masivo de guaraníes misioneros a la Banda Oriental se produjo en 1828. Ese año Rivera toma las Misiones Orientales, forzando un armisticio entre las Provincias Unidas, el gobierno de la Provincia Oriental y el Imperio del Brasil. Al retirarse Rivera lo siguió un número de guaraníes misioneros superior a 4.000 individuos (según algunas estimaciones pudieron llegar a ser unos 6 u 8.000). Con ellos se formó inicialmente el primer pueblo de Bella Unión o Colonia Santa Rosa de la Bella Unión del Cuareim, si bien luego fueron trasladados varias veces a distintos emplazamientos debido a que protagonizaron alzamientos contra el gobierno del recién creado Estado Oriental. Esto no quita que, de hecho, el presidente Don Fructuoso Rivera, utilizara escuadrones de milicianos misioneros (la mayorías procedente de Paysandú) para reprimir las revueltas indígenas y dirigir el exterminio sistemático de charrúas y gauchos matreros al norte del río Negro.

La historia de la Colonia Santa Rosa de la Bella Unión del Cuareim es todo un símbolo del trato dispensado por el Estado uruguayo a la población indígena que tan destacada participación tuvo durante el artiguismo y la primera fase de las luchas por la independencia. El 3 de noviembre de 1830 hubo festejos en la colonia debido al nombramiento de Rivera como presidente del nuevo Estado Oriental. Misioneros, charrúas y guaycurúes participaron en los festejos.  Sin embargo una de las primeras medidas del gobierno de Rivera fue decomisar las 100.000 cabezas de ganado propiedad de los jefes misioneros. Se les prometió un suministro periódico de carne que se hizo insuficiente. La colonia llegó a padecer tales hambrunas que, a los pedidos de los jefes indígenas se sumó el del comandante de la colonia Evaristo Carriego. Pero el gobierno estaba demasiado ocupado en las operaciones de exterminio de charrúas y gauchos para atender las demandas de la colonia. Muchos misioneros desertaron y se esparcieron por el litoral del Uruguay. Muchos se asentaron en Salto, Paysandú y Tacuarembó. Otros formaron rancheríos en zonas rurales. En 1832 los jefes Francisco Javier Sití, Agustín Comandiyú y Gaspar Tacuabé se rebelan instigados por Lavalleja (el rival de Rivera), lo que motiva el inmediato envío de tropas gubernamentales al mando de Bernabé Rivera a la colonia. El 6 de junio el brasileño riograndense Bentos Manuel, aliado de Rivera, arrasa la colonia. El día 8 Tacuabé y Comandiyú son derrotados en Belén por tropas conjuntas riveristas y riograndenses. Un gran número de misioneros encontró refugio en La Cruz y en Mandisoví, Entre Ríos. Uno de los episodios de esta guerra es la muerte de Bernabé por charrúas, que hacían causa común con los misioneros de Bella Unión,  en venganza de las matanzas de Salsipuedes y Mataojo de 1831. Tacuabé rsiste hasta octubre en Belén pero es finalmente derrotado. La colonia es disuelta definitivamente. Gaspar Tacuabé huye a Mandisoví, Entre Ríos. 860 pobladores, fueron asentados en marzo de 1833 en el paso de Durazno del Yí. El resto es enrolado en el ejército. Luego, a fines de setiembre, unas 350 familias fueron trasladadas a San Francisco de Borja del Yí, en el departamento de Florida. En enero de 1835 no quedaban más que 40 familias. En 1860 se disuelve la colonia y sus habitantes son distribuidos en tierras adjudicadas en Durazno y Florida.
Los guaraníes misioneros, sobre todo los pertenecientes a los "Siete Povos", constituyen una de las bases poblacionales de la nación uruguaya. Su aporte siguió siendo fundamental durante la migración riograndense que abrasileró gran parte del norte del país hasta su absorción dentro de la cultura nacional motorizada a partir de la reforma educativa vareliana de fines del siglo XIX. En efecto hacia 1850-60 la población de origen brasileño, distribuida en los departamentos fronterizos, era de unos 20.000 individuos, constituyéndose en la principal corriente migratoria seguida por españoles, italianos y franceses. Desde 1835 a 1842 entraron 1.218 brasileños al territorio oriental, todos ellos varones. De hecho salieron en ese período 680 brasileños. Pero en las décadas siguientes el aluvión tiende a aumentar, siendo tanto de varones como de mujeres, y sólo decae a partir de 1860-70. La migración riograndense está compuesta en su mayoría por elementos mestizos, indígenas y negros, siendo los blancos una minoría (en su mayoría hacendados). Dentro de esta corriente los individuos de origen guaraní misionero aportuguesados son un importante porcentaje.





Ahora bien, en un principio es posible rastrear la existencia de apellidos misioneros en la población uruguaya (por ejemplo, en 1797 se tiene constancia de que un tercio de los matrimonios en Melo está compuesto por varones guaraníes; también se sabe que en Salto, entre 1830 y 1835 el porcentaje de apellidos guaraníes oscila entre un 25 y un 56.3% de la población). No obstante desde mediados hacia fines del siglo XIX los porcentajes decaen abruptamente a niveles que oscilan entre un 10 y un 2 %. Tal hecho no sólo testimonia el final de la inmigración misionera, sino también el inicio de la invisibilización del descendiente de guaraníes en Uruguay.  La adopción sistemática de apellidos castellanos y la inclusión voluntaria dentro de la categoría de "blanco" terminó por hacer desaparecer todo vestigio de población misionera de los padrones. Se llegó al extremo de creerse que no hubo mestizaje en Uruguay, o que éste fue muy poco significativo. El hecho es que el actual resurgimiento de la identidad indígena en Uruguay se hace sobre la base del reconocimiento de la ascendencia charrúa más que de la guaranítica. Y lo cierto es que la población indo-descendiente uruguaya es un conglomerado de varios linajes absorbidos dentro de una población mayoritariamente identificada con lo europeo o "blanco".  En los padrones de los primeros poblados en territorio oriental aparecen mencionados no sólo misioneros y guaraníes no misioneros, sino también chanás, charrúas, minuanos, pampas, calchaquíes, collas y otros. Esa población tendió a mezclarse entre sí y también con blancos y negros, dando origen a un complejo conglomerado multi-étnico. Sin embargo no toda esa población "híbrida" fue absorbida en la sociedad de mayorías blancas. Un alto porcentaje conformó los sectores más marginales en la escala social, reforzando la tendencia a separarla de otros grupos sociales. Conocidos a veces como "negros" o "morochos", constituyen una categoría ambigua sin identidad ni pertenencia. Quizá la peor de las discriminaciones que sufren es la de ser considerados como parte de la población "blanca". Pero a pesar de su esfuerzo la mayoría de la población "mestiza" uruguaya no fue aceptada completamente por la mayoría "blanca". Siguieron siendo ciudadanos de segunda clase, siempre luchando por ser reconocidos como parte de una sociedad que los condenó a la invisibilidad.



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CRÉDITOS DE IMÁGENES, MAPAS Y FUENTES:



 
[[File:MISIONES ORIENTALES.png|thumb|Los siete pueblos de las Misiones Orientales.]] <p><a href="https://commons.wikimedia.org/wiki/File:MISIONES_ORIENTALES.png#/media/File:MISIONES_ORIENTALES.png"><img alt="MISIONES ORIENTALES.png" src="https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/6/62/MISIONES_ORIENTALES.png"></a><br>De No machine-readable author provided. <a title="User:Pruxo" href="//commons.wikimedia.org/wiki/User:Pruxo">Pruxo</a> assumed (based on copyright claims). - No machine-readable source provided. Own work assumed (based on copyright claims)., <a title="Creative Commons Attribution 2.5" href="http://creativecommons.org/licenses/by/2.5">CC BY 2.5</a>, <a href="https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1935911">https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1935911</a></p>












 





















miércoles, 14 de marzo de 2012

MALVINAS (III): LOS COLONOS ARGENTINOS VS LOS COLONOS MALVINENSES







La forma en que el actual régimen argentino manipula el tema Malvinas es denunciada afortunadamente por muchos autores. Remitimos al siguiente enlace: http://noticias.perfil.com/2012/01/una-dosis-de-fervor-malvinense%C2%A0%C2%A0%C2%A0/4/. El artículo pertenece a James Neilson, periodista y analista político de origen inglés, radicado en Argentina. Precisamente haremos hincapié en un aspecto señalado por el periodista en cuestión: la de cómo una sociedad "implantada" como la argentina, descendiente de colonos europeos mayoritariamente, que se apropiaron de tierras que, de hecho, no les pertenecían, se arroga el derecho de despreciar a los "kelpers" como "colonos". La cosa seguramente sería muy diferente si los susodichos "colonos" hubieran preferido la nacionalidad argentina. Pero su actitud díscola, en general pro-británica, los hace blanco de las iras de un gobierno que se ha especializado en combatir a sus "enemigos" de turno a través de una estrategia de sistemático ninguneo mediático y diplomático.
3.000 (3.140 en julio de 2008) personas componen el conglomerado poblacional habitante de las islas Malvinas o Falkland. El 85% viven en Port Stanley. Son descendientes, la mayoría de ellos, de colonos implantados en las islas a partir de 1833. Es bueno señalar que, si bien los primeros colonos del entonces Virreinato rioplatense datan del siglo XVI, los actuales argentinos descienden en su mayoría de inmigrantes llegados en masa entre 1850 y 1930 y otros arribados aún después. Muchos "argentinos" poseen una doble identidad ya que no han perdido sus lazos con la nación de origen. El grupo poblacional inicial en realidad no superaba la treintena, estando compuesto inclusive por parte del personal de las instalaciones del argentino Vernet (12 personas eran de origen rioplatense-argentino y permanecieron en las islas después de la ocupación británica). Entre la ocupación de John Onslow el 3 de enero de 1833 (cuando fué cesado el gobernador argentino Pinedo) y la intervención de Henry Smith el 9 de enero de 1834 (con ocasión de terminar con la revuelta de Rivero y sus secuaces) no hubo administración oficial en las islas. El mayordomo de Vernet, Matthew Brisbane (tras su asesinato por Rivero el 26 de agosto de 1833), actuaba como representante de la autoridad británica. Smith actuó como máxima autoridad restaurando el establecimiento de Port Louis al que rebautizó como Anson`s Harbour. Fué sucedido en abril de 1838 por Robert Lowcay y éste por John Tyssen en diciembre. Estas autoridades se negaron a reconocer los derechos de Vernet sobre sus propiedades (cambiando la política inicial).  En enero de 1841 arribó a Anson`s Harbour un grupo de colonos en dos barcos al mando de J. B. Whittington fletados por la Falkland Islands Commercial Fisherly and Agricultural Association (compañía fundada por G. T. Whittington en 1839 en Londres). En octubre de 1841, al arribo del primer gobernador británico teniente Richard Clement Moody con doce mineros y sus familias, había 50 habitantes en Anson`s Harbour. En julio de 1843 el gobernador Moody dispuso la construcción de la nueva ciudad de Por Stanley (bautizada el 18 de julio en honor de Lord Edward Smith Stanley, quien instruyó en 1842 a Moody para que investigara el potencial estratégico de la zona de Porth Williams y Porth Jackson, misión que fuera confiada al capitán James Clark Ross en 1843). Ese mismo año Port Stanley se convierte en capital del territorio en sustitución de Port Egmont.  En 1846 había 164 residentes en la nueva población. En 1849 llegaban a 200, aumentados por el arribo de treinta familias del personal de la guarnición permanente y el destacamento policial. En 1860 se forma la Falkland Islands Garrison Company con 35 marines destinados desde Londres.
En 1846 el comerciante británico que operaba desde Montevideo Samuel Lafone introdujo un grupo de colonos uruguayos de origen gaucho e indio en Hope Place, en la costa sur de Brenton Loch (isla Soledad o East Falkland). Allí se le había concedido a Lafone derechos de caza sobre el ganado silvestre. Desde 1847 el gobierno colonial incentivó la explotación agroganadera isleña. En 1850 Lafone funda The Falkland Islands Company Limited con el fin de instalar y explotar granjas ya que se había extinguido el ganado salvaje de isla Soledad. En 1857 trasladó su compañía de Hope Place a Darwin  (donde existía una barricada de su propiedad desde 1849). En 1860 el gobernador George Rennie, que había sido designado en 1847, modifica el contrato de Lafone reservándose el derecho de caza en las islas con excepción de los lotes otorgados a la compañía.
En 1867 comienza la colonización de la isla Gran Malvina (West Falkland). En 1869 todo su territorio es repartido entre ocho colonos. La isla es poblada con inmigrantes escoceses que suplantan a los gauchos de Lafone. 


Los linajes isleños se fundamentan en la escasa población inicial de variado origen y en la que arribó posteriormente. En su mayoría son ingleses, escoceses e irlandeses, pero también hay descendientes de alemanes, escandinavos (daneses, noruegos, suecos y finlandeses), franceses, gibraltareños, chilenos, uruguayos e inmigrantes de Santa Helena. Los británicos constituyen el 70% de la población (incluyendo a los "belongers", ciudadanos británicos radicados en las islas). Todo esto confiere a los isleños características propias. En lo idiomático el dialecto es próximo al australiano y posee varios términos de origen castellano. La expresión "kelper" es empleada sobre todo en Argentina para referirse a los isleños.  Tiene una connotación peyorativa y su raíz está en las algas (kelp) que rodean las islas. Se popularizó su uso a partir de 1960 y se hizo famoso tras la guerra de 1982. No obstante los habitantes de las islas prefieren que se los conozca como "Falkland Islanders".



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lunes, 5 de marzo de 2012

URUGUAYOS DERECHOS Y HUMANOS: LA DERECHA GANA LA BATALLA CULTURAL

Cierta vez un director de un encumbrado instituto educativo me sorprendió con una frase aparentemente "razonable": "Nadie puede reclamar derechos si antes no cumple con sus deberes". Sólo tras un instante de reflexión caí en la cuenta de que aquella frase me enrostraba una dura realidad: la de que el modo de "pensar" fascistoide forma parte íntimamente de las estructuras más enraizadas de nuestra sociedad. La naturalidad con la que se aceptan los postulados más reaccionarios en charlas de familia, de amigos en un bar, en la voz de los informativistas de los noticieros, en los políticos, en los comentaristas de fútbol, en los discursos de los maestros en las escuelas...es clara muestra de que casi una década de gobierno de "izquierdas" no ha logrado instalar una cultura de índole "social", basada en el respeto, el compromiso, la cooperación y la solidaridad.
Una red de interrelaciones sociales basadas en el autoritarismo, la discriminación, la intolerancia, la desconfianza, la competencia, la corrupción, la falta de compromiso "social", el amor exclusivo al lucro y la ostentación, el egoísmo materialista, se ha instalado en nuestro modo de pensar y se constituye en el éxito más evidente de la cultura instaurada por la dictadura militar con su reforma educativa y su concienzuda infiltración en todos los niveles de las instituciones. La falta absoluta de fé en los ideales incomprendidos de la democracia es el triunfo de un modo de pensar que postula el "no pensar", "no comprometerse", y dejar todo en manos de "expertos". La idea de la creación de una consciencia crítica es un cáncer peligroso para los "fascistoides" que aún son una mayoría alarmante en nuestra sociedad uruguaya. Se encargan de ahogar tal consciencia con un discurso desalentador, pesimista, llenando los noticieros con continuas citas a la "inseguridad" (sea en lo delictivo o en lo financiero, da igual). Piden todo el tiempo mano dura. Siempre me sorprende la forma con que los periodistas deportivos describen ciertos eventos dentro del ámbito futbolístico: "golpe de Estado", "pedir la cabeza", "hacer caer una directiva", "ejecutar", "fusilar", "respeto a la autoridad del Juez aunque se equivoque", "pagar justos por pecadores"...
En los institutos educativos se suele hablar del "curricum oculto". Con esa expresión se define al conjunto de simbolismos implícitos (y muchas veces explícitos) con el que se inoculan redes de significado casi de forma "subjetiva" en los educandos. La educación en manos de personas que apoyarían alegremente un gobierno de facto si éste volviera a ocurrir es una triste realidad, un secreto a voces. Pero lo peor es que la estructura educativa es un campo fértil para los "fascistoides", un medio donde éstos pueden desenvolverse "naturalmente": la discriminación, el principio de autoridad, la falta de respeto al subordinado, la jerarquización, la discrecionalidad, se desarrolllan casi que al amparo de las leyes internas de las instituciones. Para colmo se supone que la tendencia de la reciente "reforma educativa" es a aumentar el poder discrecional de esos soberanos absolutos o señores feudales que suelen ser los directores de las instituciones educativas. Desde hace un tiempo me pregunto cómo pueden inculcarse ideales democráticos a las nuevas generaciones en instituciones que funcionan de modo anti-democrático. No puedo resistir comparar los institutos educativos (en especial de Primaria, Secundaria, UTU y Formación Docente) con la institución militar, donde se dice defender la democracia...pero no practicarla.
Es claro que la cultura fascista empieza por casa. En los ámbitos privados es donde se incuba y desarrollla sin control alguno toda clase de discriminación, abuso de poder, violación de derechos elementales, agresión física y/o psicológica...todo con la absoluta aprobación o indiferencia de una sociedad hipócrita. Décadas de dictadura en el ámbito privado (allí se vivió lo peor de la cultura intolerante y autoritaria amparada por los militares) dejaron una secuela desastrosa y corrosiva en nuestra sociedad. Pocos parecen entender que los problemas de disgregación y anomia que experimenta nuestra sociedad son directa consecuencia de aquella cultura. Y sin embargo muchos que pretenden tener la receta para todo postulan...¡volver al autoritarismo patriarcalista y retrógrado como forma de solucionar el problema! "Una paliza bien dada a tiempo previene muchos males", se dice. De ahí a hacer desaparecer gente por cuestiones ideológicas hay un pequeño paso.


Una institución que ha colaborado decisivamente a la consolidación del modo de pensar fascistoide en nuestra sociedad es la Iglesia. De hecho la "Doctrina de Seguridad Nacional" que los militares adaptaron a los curriculums escolares, es esencialmente basada en la defensa de la "moral cristiana". Doble moral diría yo, aplicable a rajatabla al pueblo llano, pero absolutamente lábil al aplicarse a los poderosos. Una institución que se basa en una estructura rígida, muy jerarquizada y donde no se puede cuestionar el dogma es un buen modelo inspirador para los dictadores. Pero su trabajo "fino" está en la consolidación del modelo patriarcal, misógino y autoritario de familia, célula básica de la sociedad "fascistoide".
Quiero dejar algo bien claro: ni siquiera estamos hablando de una conspiración, de una especie de "Corporación" maligna de conservadores. No decimos tampoco que no haya grupos de presión más o menos organizados, pero en esencia apuntamos a que simplemente se trata de un modo de pensar que ha sido inoculado en nuestra sociedad durante décadas y ahora se ha convertido en una especie de "verdad incuestionable". Forma parte incluso de la "sabiduría popular", de esas cosas tradicionales que se aceptan sin más. Se encuentra tan arraigado en la cultura popular, no sólo en ciertas élites o en las clases medias conservadoras, que se hace necesario un verdadero trabajo desde la raíz para cambiarlo. No basta con declaraciones de buena intención ni maquillajes inoperantes. Los bastiones del autoritarismo vernáculo siguen intactos, realizando su nefasta y corrosiva tarea. Es a esos bastiones a los que hay que dotarlos de una organización estructural democrática. No vemos que se haya hecho nada en ese sentido. Es más, creo que se ha reforzado el sesgo autoritario en muchos aspectos. No nos sorprendamos si, pese a los esfuerzos de generaciones enteras por instalar un cambio cultural en nuestra sociedad, un día nos encontramos con que no se ha hecho otra cosa que dejar crecer al enano fascista que vive en cada uno de nosotros.

jueves, 1 de marzo de 2012

EL ÚLTIMO CHANÁ


De los grupos indígenas que en primer lugar desaparecieron en el Río de la Plata con la colonización hispánica se encuentran los chanás. Víctimas del sistema de encomiendas, reducciones o la simple persecución armada, su cultura fué diezmada hasta la casi total desaparición en un lapso de 200 años. Asimilados dentro de la cultura predominante pasaron a formar parte de la población cristianizada o hispanizada como ciudadanos de segunda clase. Perdidos en una imprecisa categoría donde no se les consideraba ni indios ni criollos (en Uruguay se propagó la denominación de "paisano" para estos sectores mestizos o de indios cristianizados) su conciencia étnica se perdió casi por completo.
Los chanás descienden de la misma corriente pámpido-patagónica de la que derivan charrúas y guaycurúes. Se trata de una cultura de canoeros mesolíticos que absorbieron a la llamada "cultura de Serrano" (lágidos de economía recolectora-cazadora y que utilizaban la cerámica), a la vez que desde el siglo XVI habían comenzado a recibir influencias culturales de la corriente migratoria guaraní que se abatió sobre su territorio. Los chanás formaban parte del "Grupo del Litoral", una serie de tribus que ocupaban las riberas del río Paraná y las del río Uruguay. Respecto a su lugar de orígen se presume que se trató de una migración fluvial en canoas efectuada de sur a norte. Las tribus del Grupo Litoral son: chaná, mbeguá, chaná-mbeguá (o beguá), chaná-timbú (estos grupos  están presentes en la zona del delta del Paraná, llegando hasta la Banda Oriental), caracará, coronda, quiloaza, calchin, mepén y mocoretá. Algunos autores consideran a los mepén como de estirpe Káingang, emparentados con los yarós. Se los describe como más bien altos (más de 1,70 m., llegando fácilmente al metro ochenta), dolicocéfalos, nariz larga y delgada, pómulos y mentones salientes, pelo lacio y negro o castaño, ojos oscuros, tez rojizo-bronceada.
La mayoría de las tribus chanás, junto a otras tribus indígenas locales, fueron confinadas a reducciones en Concepción del Bermejo (Matará y Guacará); Corrientes (Santiago de Sánchez y Candelaria de Ohoma); Santa Fé: San Bartolomé (de chanás), San Miguel (calchines) y San Lorenzo (mocoretáes); Buenos Aires: San José (cacique Bagual), Santiago del Baradero, Isla Santiago (cacique Tubichaminí o Quendiopen), Santa Cruz de los Quilmes (básicamente de indios tucumanos); y la Banda Oriental: San Francisco de Olivares (charrúas), San Antonio (chanáes), San Miguel del Río Negro (guaraníes) y Santo Domingo Soriano (chanáes). La mayoría fundadas a fines del siglo XVI o inicios-mediados del XVII. Únicamente subsistieron Santo Domingo Soriano en Uruguay y Santa Cruz de Quilmes en Buenos Aires. El resto desapareció entre mediados del siglo XVII e inicios del XVIII. Desde 1582, Juan de Garay pactó con doce cacique chaná-mbeguá y repartió las comunidades indígenas en 20 encomiendas. Se conservan los nombres de esos doce caciques chanás: Capiguatin, Aguará, Yucá, Cura, Guardiya, Araquí, Delajan, Derdian, Macchun, Canisolo, Caraqua y Maguarí. En 1673 existían aún siete de esas encomiendas. Un sector de los mbeguás subsistió hasta el siglo XVIII en las tierras anegadizas del sur de Entre Ríos. Los indios terminaron huyendo e integrándose a otras comunidades indígenas o refugiados en poblados criollos. La nación chaná virtualmente desapareció como grupo étnico a fines del siglo XVIII.
Sin embargo los recientes estudios de población han localizado unos 2.500 descendientes de chanáes en Entre Ríos e, incluso, algunos posibles linajes descendientes de chanáes y guaraníes en Soriano, Uruguay. Es más se hizo famoso el caso de un ciudadano entrerriano oriundo de Nogoyá y residente en Paraná que conservaba tradiciones y hablaba en el antiguo lenguaje chaná. Descendiente por línea materna de chanás Blas Jaime conserva parte de los rasgos mestizados del pueblo desaparecido como etnia hacia 1750. Jaime es considerado el último depositario de la tradición chaná. Es un legítimo descendiente de, posiblemente, una de las últimas adá oyén nden (mujeres guarda-memoria), su propia abuela, muerta hace más de 50 años. Debido a que su madre no podía tener más hijos su abuela le confió las tradiciones y lengua del pueblo chaná. Al parecer esta estructura matrilineal de transmisión de un legado se deba a que las mujeres chanás estaban destinadas desde el momento de la colonización española a ser mujeres de españoles. Éstos solían transmitir el linaje patrilinealmente, por lo que las madres nombraban a su sucesora "guarda-memoria" entre sus hijas.

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