miércoles, 25 de abril de 2012

EL PRIMER HOMO SAPIENS Y LA EVA MITOCONDRIAL












En 1967 Richard Leakey encontró en el valle del río Omo, en la formación rocosa de Kibish, Etiopía meridional, un cráneo sin la región facial y parte de un esqueleto de un individuo llamado Omo I, y partes del cráneo de un segundo individuo llamado Omo II. Omo I tenía la apariencia de un humano moderno, con una capacidad craneana de 1400 cc, en tanto que Omo II presentaba rasgos arcaicos. Ambos fósiles parecían revelar algún tipo de comportamiento funerario en la sociedad a la que pertenecían. La discusión respecto a si se trataba de dos especies distintas o si sólo eran variaciones dentro de una misma especie, además del hecho de asignarles alguna filiación, ha sido enconada. Se los ha adjudicado (al menos a Omo II) a la especie rhodesiensis o a la helmei. Pero ha primado la tesis de que se trata de Homo sapiens antiguos.

La datación inicial de los restos, con técnica de uranio-torio238 aplicada a ostras asociadas a los restos, les otorgó una antigüedad de 130.000 años. Pero nuevos estudios hechos por Ian McDougall de la Universidad Nacional de Canberra (Australia) y John Fleagle de la Universidad de Stony Brook (Nueva York, EE. UU.) entre 1999 y 2003 en base a técnica de argón aplicada a cristales en ceniza volcánica asociada a los fósiles, y nuevas evidencias (como el hallazgo de nuevos restos de Omo I y también herramientas asociadas) ha elevado la antigüedad de ambos Omo a 195.000 años.
El hallazgo de seres humanos anatómicamente modernos de casi 200.000 años parece dar un espaldarazo a la tesis de la "Eva mitocondrial" o teoría Out of África (opuesta a la hipótesis del origen multirregional). Según esta hipótesis una mutación genética femenina dió origen a la cepa moderna de Homo sapiens en algún lugar de África. La nueva especie luego emigró a otras partes del mundo. En realidad la genética vino a corroborar los enunciados de Brown (1980) y Rebecca Cann, Stoneking y Wilson (1987).

Los estudios genéticos de 2009, basados en la técnica del "reloj molecular", han arrojado como dato que los humanos modernos tienen su orígen en una "Eva" de la que heredan sus mitocondrias desde hace al menos 200.000 años. En tanto que la herencia cromosómica (de ascendencia paterna) se debe a un "Adán" surgido hace 75.000 años.

domingo, 22 de abril de 2012

EL SEGUNDO TIPO: NEANDERTHAL










Cualquier absoluto ignorante del tema prehistoria o evolución del Hombre tiene alguna noción o a oído nombrar a este antepasado nuestro. Asociado forzosamente a cualquier idea sobre "cavernícolas" u "hombres de las cavernas", se ha afirmado también un montón de inexactitudes y mitos referentes a este humano primitivo. El debate sobre su aporte genético y su filiación incluso al Homo sapiens continúa siendo candente. Si bien predomina una tendencia a creer que está emparentado con sapiens y que se mezcló con él, las investigaciones sobre ADN humano antiguo no parecen avalar tal afirmación.
El reciente hallazgo del Hombre de Denisova y la evidencia de que su ADN está presente en un porcentaje inferior al 4% en tribus de Nueva Guinea, Bugainville, Australia, islas Fiji, Indonesia oriental y en la tribu Mamanwa de Filipinas, ha vuelto a disparar la polémica respecto al mestizaje entre hombres modernos y otros tipos humanos prehistóricos. Precisamente hay pruebas de que el 5% del ADN europeo tiene aporte neanderthalense (también se lo detectó en China y Nueva Guinea). Y, lo cierto es que, pese a la trascendencia que se le ha querido conferir a semejante hallazgo, no prueba que haya existido un masivo mestizaje entre Homo sapiens y Neanderthal. De hecho la interfertilidad entre ambos tipos humanos está en tela de juicio y la idea de que se trata de una especie diferente está tomando cierta solidez. La secuencia completa de ADN Neanderthal fué lograda en 2008, confirmando que sapiens y neanderthalensis coinciden en un 99,5 % de la cadena pero que los segundos no fueron antepasados de los primeros. También se ha detectado una diferencia importante entre ambos genomas, reforzando la idea de que eran especies diferentes. Entre un 1-2,5 y un 4% (o 5%, según algunos cálculos) podría ser el aporte genético de los neanderthalensis a las poblaciones euroasiáticas, pero el debate no ha cesado. Lo insignificante de tal aporte podría obedecer a un mestizaje de tipo marginal entre machos neanderthalensis y hembras sapiens producto de los encuentros, no siempre amistosos, entre ambas especies ocurridos posiblemente en la zona de mayor contacto que fué el Medio Oriente. Precisamente el hecho de que no se haya encontrado ADN mitocondrial neanderthalensis en sapiens sugiere que los donadores de genes Neanderthal son machos (el ADN mitocondrial es transmitido por línea materna). También se ha fijado la posible separación sapiens-Neanderthal entre 660 y 825.000 años.
La teoría de que el Hombre de Neanderthal desapareció mezclándose masivamente con los inmigrantes sapiens no parece sostenerse en pruebas sólidas. Si bien es posible que haya existido algún grado de interfertilidad entre ambas especies, lo cierto es que el flujo de genes unidireccional (de Neanderthal macho a hembras sapies) es minúsculo y prueba que el contacto no fué tan fluído. Ambas especies se evitaban recíprocamente.
El Hombre de Neanderthal ha sido reconstruído a partir de unos 400 esqueletos encontrados en Europa, Asia central y Medio Oriente. En 1856 se encontró en la cueva Feldhofer, cerca de Düsseldorf, en el valle de Neander, el Neanderthal 1, piedra fundacional de la paleoantropología. El hallazgo fué hecho por Johann Karl Fulhrott y descripto en 1857 por Hermann Schaaffhausen. Se sumó a dos hallazgos previos: Engis (Bélgica) en 1829 y cantera de Forbe, Gibraltar, en 1848. En 1864 el geólogo William King bautizó a los restos como Homo neanderthalensis. Curiosamente a lo largo del siglo XX se lo reclasificó como Homo sapiens neanderthalensis, para volver a imponerse la clasificación original al final del mismo.
Los restos más antiguos y también los más recientes provienen de la Península Ibérica. De hecho las evidencias sugieren que surgió de la cepa heildelbergensis ibérica abundante en Atapuerca y la Sima de los Huesos. Su antigüedad máxima es de 230.000 años y su extinsión sucedió entre los 33 y 28.000 años. Dominaron Europa, Medio Oriente y Asia central en exclusividad, creando las culturas paleolíticas musteriense y chatelperronense, hasta la irrupción en su hábitat de los humanos modernos hace unos 40.000 años. La rápida desaparición de Neanderthal a partir del arribo de Homo sapiens es la principal evidencia de que no fueron quienes ganaron en la competencia por la obtención de recursos. Hay pruebas de que se retiraron a regiones marginales hacia 30.000: Byzovaya (región subártica de Rusia) y sur de España y Portugal (Lagar Velho y Cueva Carihuela, Granada). Precisamente en Cueva Carihuela se han hallado evidencias de la existencia de neanderthales muy tardíos (entre 28.440 y 21.430 años).
Físicamente el Hombre de Neanderthal se caracteriza por tener una estatura más bien baja, no superior al metro sesenta y cinco, complexión, esqueleto y musculatura robustas, contextura y estructura ósea pesadas, masizas, pelvis ancha, caja toráxica en forma de barril, miembros cortos. Su capacidad craneana es de 1550 cc, aún mayor que la del hombre moderno. Presenta grandes arcos supraorbitarios en doble arco, frente baja e inclinada, cara prominente con prognatismo medio-facial, ausencia de mentón, cráneo alargado, nariz ancha de aletas prominentes, gran moño occipital, espacio retromolar. Neanderthalensis presenta típicas adaptaciones físicas al clima frío.
Aunque la ubicación de la laringe sugiere que la fonética en neanderthal podría ser limitada (aunque el hioides aparece bien desarrolllado), lo cierto es que  una variante del gen del habla FOXP2 ha sido detectada en muestras de ADN procedentes de especímenes de El Sidrón, España. Por otro lado las muestras genéticas han aportado datos como que neanderthalensis podrían ser pelirrojos y poseer intolerancia a la lactosa. Se ha discutido bastante sobre la capacidad artística de esta especie, a la que se atribuye una suerte de culto a los muertos muy simple. Se considera que las pinturas de la cueva de Nerja (Málaga, España), con una antigüedad de 42.000 según dataciones del 2012, deberían ser atribuídas a Neanderthal. La discusión se centra en si se debe atribuir la presencia de rudimentos artísticos, incluyendo adornos y máscaras toscas, al contacto con Homo sapiens. Existen indicios de práctica del canibalismo, tanto ritual como antropofágico. En este caso, al parecer no muy frecuente, se debía a la presencia de períodos de hambrunas, y fué detectado en el yacimiento de El Sidrón. 
La teoría de la hibridación sapiens-Neanderthal ha cobrado fuerza con el hallazgo de presuntos restos fósiles que exhiben una mezcla de rasgos de ambas especies. Uno de ellos es el niño de Lapedo, encontrado en Portugal en 1999 por Joao Zilhao. Se le atribuye una antigüedad de 24.000 años. Otro es el fósil de 32.000 años de Pestera Cioclovina, Rumania, descripto en julio de 2007 por Erik Trinkaus. Otros presuntos fósiles híbridos han sido hallados en Lagar Velho (Portugal), Mladec (República Checa), Pestera Muierii, Pestera cu Oase (Rumania), La Quina Aval, Brassempuy, Les Rois (Francia). También se citan los restos de Zuttiyeh, Qafzeh y otros sitios de Israel. Todos rondan los 30.000 años de antigüedad (algunos de Israel son más antiguos, llegando a los 100.000 años)  y se consideran Homo sapiens tempranos con rasgos arcaicos o presuntos híbridos entre sapiens y neanderthalensis.
Los hallazgos neanderthalensis en Medio Oriente se corresponden con una supuesta salida de Europa durante las crisis climáticas de los períodos isotópicos 6 y 4. Los restos nenderthalensis están representados en Shanidar (Irak), Dederiyeh (Siria), Ksar'Akil (Líbano) y los yacimientos israelíes de Tabun, Kebara, Zuttiyeh, Hayonim y Ahmud. Los más antiguos son los de Tabun, con 122.000 años, y los más recientes los de Ksar'Akil con 35.000 años. Una particularidad es que un cráneo (Ahmud 1), hallado en Ahmud y datado entre 81 y 41.000 años, presenta una capacidad de 1740 cc, la mayor registrada hasta la fecha. También sorprende la estatura de algunos de estos neanderthalensis asiáticos: Ahmud 1 mide 1,77 metros, mientras que en Shanidar se hallaron individuos con estaturas de 1,65 metros, 1, 70 metros y uno con más de 1,73 metros (con rastros de sepultura). Conviven con humanos modernos (restos en Skhul, Qafzeh y Zuttiyeh) ingresados durante el período isotópico 5 de bonanza cimática (entre 90 y 60.000 años). La mayoría de las teorías afines a la hibridación sostiene que ésta se dió con mayor frecuencia en Medio Oriente. Uno de los debates más intensos persiste en torno al resto craneano de Zuttiyeh, datado en alrededor de 150-200.000. Exhibe una mezcla de rasgos neanderthalensis y sapiens. Tal particularidad ha hecho pensar a muchos que, quizá, los neanderthalensis de Medio Oriente debieran ser separados de  los europeos. Quizá estén más emparentados con formas asiáticas afines a los llamados "erectus evolucionados". Pero hay quienes lo consideran un sapiens arcaico o un híbrido temprano.





viernes, 20 de abril de 2012

MALVINAS (VI): LA CULTURA DEL REBAÑO Y LOS MITOS HISTÓRICOS




Nobleza obliga: reconocer que la expresión "cultura del rebaño" se la escuché decir al periodista argentino Ernesto Tennembaum.  Inmediatamente, la asocié a la frase de José Martí: "Hombre es aquel que estudia las raíces de las cosas, lo demás es rebaño". Los hechos desencadenados tras el último rebrote de tensión argentino-británico por la cuestión Malvinas, justo a 30 años del estallido de la Guerra que enfrentó a ambas naciones, me motivó a reflexionar sobre el papel de aquellos que pretendemos analizar hechos desde una perspectiva de la Historia como una ciencia. Pero además también desde una perspectiva "compleja" (aludo al llamado "paradigma de la complejidad") y no "simplista" de los procesos históricos. Tristemente he podido constatar cómo la visión compleja se desploma y la Historia vuelve a ser el instrumento (sutil instrumento) de tergiversación y justificación de causas políticas que es desde la creación de los Estados-nacionales europeos (así como antes fué mera exaltación de las Casas Reales europeas). De buena o mala fé los historiadores y analistas sociales varios se pliegan a los procesos coyunturales en los que están inmersos y militan a favor o en contra de causas nacionales o pan-nacionales. Los análisis de procesos históricos recientes se convierten con frecuencia en discursos demagógicos, retórica barroca,  donde las cuestiones coyunturales adquieren la firmeza de hechos incontestables.
Si es por esto último que afirmamos, la cuestión de Malvinas debería dejar de analizarse: la ONU reconoce el planteamiento argentino y, por ende, jurídicamente, es absurdo rebatir la postura argentina desde el punto de vista del Derecho Internacional. Punto. El consenso de la comunidad internacional respalda el reclamo argentino de descolonización del archipiélago desde la perspectiva de la integridad territorial de un Estado. Por ende, Gran Bretaña no tiene razón. Argentina sí. La doctrina de Utis Possidetis, esgrimida por Argentina, prima sobre la de soberanía por posesión efectiva. Y la doctrina defendida por Argentina, legitimada por las resoluciones de la ONU, se basa en la idea de antiguos derechos heredados a partir de su separación de la Corona de España como un Estado independiente.
Ahora bien, ¿qué es esto que acabamos de exponer arriba? ¿Un análisis histórico? Quizá. Pero simplista. Una clara muestra de simplismo. Muchos relatos pretenden que complejizar el problema de Malvinas es hacer retórica sobre los galimatías legales que fundamentan el brillante alegato jurídico armado y defendido por Buenos Aires ante los fueros internacionales. Pero retórica, por más inflamada de pasión que sea, no es complejidad: es simplismo disfrazado de complejidad. Es incapaz de integrar al otro como tal: lo integra como un contrincante, un opuesto, algo que debe ser rebatido o denostado. Y también es incapaz de elevarse por encima de las eventualidades que son rizos pasajeros en el océano de la Historia.
Porque, en definitiva, ¿qué son las resoluciones de la ONU sino consensos que obedecen a determinados procesos complejos? Y no estoy con esto dando la razón o quitándosela a nadie. Porque a un historiador, si le importa que las Malvinas sean argentinas o británicas, debería no anteponer sus prejuicios y pasiones que nublarán su análisis. Muchos suelen responder con otro simplismo: es imposible la total objetividad, no es posible sustraerse a las influencias del medio, subjetividades e intersubjetividades entre las que se mueve o está inmerso el historiador. Es claro que el esfuerzo por integrar a la multiplicidad y la multifocalidad en un análisis resulta mucho menos cómodo que rendirse a la tiranía de esa voz interior que susurra que "nosotros" (nunca "ellos") siempre tenemos razón. Y es incómodo por una razón: podría ser que la realidad sea muy distinta a lo que yo creía inicialmente, podría ser que yo esté equivocado. Y, claro, tal cosa (por más humildes que seamos) es inadmisible.
En esta serie de artículos hemos intentado plantear el problema de Malvinas buscando trascender la mera dialéctica de constructos técnico-jurídicos y acusaciones cruzadas enfrentadas. Hemos intentado dejar asentadas las tergiversaciones, pero quien busque una definición respecto a quién es el "auténtico" o "legítimo" propietario del territorio en disputa no lo encontrará en nuestras líneas. En primer lugar porque no queremos formar parte de la cultura del rebaño que, tal terrible fuerza de gravedad, atrapa a aquellos que analizan los fenómenos históricos (en especial el de la cuestión Malvinas). Más allá de mis simpatías o antipatías, más allá de mis compromisos con determinados ejes ideológicos, más allá de mis creencias y convicciones más profundas, me mueve un irresistible anhelo de libertad de consciencia, de trascender las limitaciones (incluso las más sutiles) del intelecto humano. Porque, en definitiva, somos mucho más que un hato de mezquindades y podemos ver más allá de los avatares superfluos y fatuos para desentrañar lo que se oculta detrás de los telones de engaño que nublan nuestros ojos.
En resumidas cuentas nuestra posición es que, admitiendo que la ONU apoya plenamente el reclamo argentino de soberanía sobre las islas Malvinas, no podemos dejar de subrayar que muchos de sus fundamentos son inexactos y muchas veces míticos. Eso no revierte en favor de la posición británica, pero entendemos claramente que la defensa acérrima de tales mitos históricos es vital para ambas partes. Tan vital es que cualquier intento de relativizar o analizar objetivamente el asunto es elevado a la categoría de "traición" a causas nacionales e históricas. Ambas partes defienden sus intereses en un contexto donde claramente la cancillería argentina y el gobierno que sostiene a sus funcionarios han sabido leer correctamente una vez más una coyuntura favorable a sus intenciones.
Respecto a la cuestión de la "usurpación" británica creemos que existió, pero que la usurpada fué España en todo caso. Las islas eran una posesión española que, una vez dislocado el Imperio Español en América, pasaron a ser reclamadas por el gobierno revolucionario de Buenos Aires (que se autoadjudicó la representación política de todo el Virreinato del Río de la Plata constituído como una nación independiente aún no organizada) y por Gran Bretaña (por razones geoestratégicas y de mero nacionalismo imperialista). En otras palabras: la posesión de las islas fué desde un principio una cuestión de afirmación nacionalista de una nación en construcción por un lado y de una potencia hegemónica por otro.
El motín del gaucho Rivero en modo alguno puede ser considerado una revuelta nacionalista antiimperialista.  En todo caso  se puede entrever una reclamación de derechos y una rebelión contra autoridades que incumplieron los contratos, pero de ahí a llevar tal acción al nivel de una revolución nacional al estilo de la revuelta de los Cipayos hindúes o de los irlandeses o de los bóers contra la autoridad británica  constituye un auténtico exabrupto. Las acciones bandoleriles de los gauchos se ejercían contra toda autoridad, sin distinción de banderas. Precisamente asumir que un gaucho defendía algún tipo de identidad supranacional por encima de sus propios intereses es desconocer mucho del pasado histórico regional. Algunos caudillos rioplatenses supieron utilizar tanto el espíritu díscolo como la lealtad gauchesca al líder (que seguía un patrón quasi feudal) para sus proyectos políticos de largo alcance. El gaucho Rivero simplemente lideró o formó parte de una acción bandoleril contra sus patrones y se apoderó de las despensas como objetivo básico de la rebelión. No hubo intención alguna de resitir al "invasor" inglés, excepto en la versión que muy posteriormente inventó cierta historiografía argentina y pan-rioplatense.
El quid de la cuestión está en que muchos creen que no se debe plantear claramente el asunto, porque se estaría apoyando uno u otro bando. La cultura del rebaño hace que no se vea bien aquella postura que no va con la corriente. Pero volvemos a subrayar que nuestra posición es la de complejizar los hechos y no utilizar una retórica disfrazada de complejidad para apoyar intereses y proyectos políticos. Aún cuando en el fondo sintamos simpatías por los mismos.

La historia de las islas es el cuento de dos monarquías opuestas, Inglaterra y España.
Es tiempo de pedir la paz y buscar un compromiso sin apresurar la victoria.
Al final, lo que verdaderamente importa es que no se derrame una gota más de sangre
en el altar de las aspiraciones imperiales de reyes requetemuertos.
ROGER WATERS.

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MALVINAS (V): EL IMPERIO CONTRAATACA

viernes, 13 de abril de 2012

MALVINAS (V): EL IMPERIO CONTRAATACA


En la fase inicial de las negociaciones argentino-británicas respecto al futuro de las islas concertadas tras la declaración conjunta del 19 de abril de 1977 hubo una escalada de hostilidad anti-británica que hizo que Londres enviara una fuerza naval en secreto a las islas. Finalmente la distensión subsiguiente hizo que se retiraran las fuerzas al cabo de la primera ronda de negociaciones. Todas y cada una de las iniciativas propuestas fueron sistemáticamente boicoteadas por el legislativo de las islas. Un nuevo impulso hacia una solución consensuada del diferendo lo dió el nuevo gobierno de Margareth Thatcher tras asumir en 1979. Para julio de 1980 intentó imponer a la oposición isleña y parlamentaria la solución del arriendo, acicateada por la presión argentina, que contaba con unánime respaldo en la ONU y en la OEA. La ofensiva propagandística y política de la oposición acorraló de tal modo al régimen de Margareth Thatcher y a su ministro Nicholas Ridley, que en la siguiente reunión en Londres debió retroceder en sus propuestas. Se solicitó un congelamiento de la discusión sobre la soberanía y concentrarse en la cuestión de la explotación económica de las islas. La economía británica estaba en recesión y los recortes al presupuesto militar afectaron a la flota de superficie. La capacidad de maniobra del gobierno de Londres prácticamente se había visto reducida a cero. Ridley fué sustituído en el cargo por Richard Luce, un representante del Falklands Lobby. A su vez los partidarios del mantenimiento del statu quo triunfaron en las legislativas isleñas. Thatcher cedía a las presiones lobbistas a pesar de que, en octubre de 1981, lograba aprobar la no concesión de la ciudadanía británica a los malvinenses en la Ley de Nacionalidad Británica.
Sin salida podría definirse la situación para el jaqueado gobierno de Margareth Thatcher. Pero curiosamente algo parecido sucedía en Argentina con el sangriento régimen de facto afectado también por la crisis económica internacional y sumido en el desprestigio debido a la sistemática violación de derechos humanos debida a su política de "guerra sucia" (curiosamente alineada con la Doctrina de Seguridad Nacional defendida por Washington).
La ocupación de las islas el 2 de abril de 1982 por fuerzas militares argentinas formó parte de una ofensiva en varios frentes desarrollada por el régimen de facto. No escapa a muchos observadores que dicho régimen pretendía solucionar militarmente también el diferendo limítrofe con Chile. Parece obvio creer que la cúpula militar en el poder no esperaba una respuesta bélica de Gran Bretaña: ni siquiera desarrolllaron un plan de contingencia. Todo hace suponer que leyeron mal la situación. El ataque significó la mayor derrota en el plano internacional de Argentina. Gran Bretaña no sólo recibió adhesión de su propio bloque del Commonwealth y la OTAN, sino que también de países de la Comunidad Económica Europea y parte de la ONU. No sólo eso sino que, una vez fracasadas las negociaciones de paz llevadas a cabo por el secretario general de la ONU Javier Pérez de Cuellar, el secretario de Estado de EEUU, Alexander Craig y el presidente de Perú Fernando Belaúnde Terry, Londres recibió apoyo logístico de Estados Unidos y el propio bloque de la OEA dejó sólo a Buenos Aires. Una fuerza militar de importancia se aprestó a defender la Zona Marítima de Exclusión de 200 millas de radio a partir de un centro fijado en los 51º 40´ Latitud Sur y 59º 39´Longitud Oeste, establecida unilateralmente por Gran Bretaña el 7 de abril. El 14 de junio las tropas de Su Majestad retomaban el control de las islas y de la situación internacional, a la vez que el gobierno Thatcher recomponía su frente interno.
Cabría preguntarse quién realmente quería la guerra. Durante años los Estados Unidos y también Gran Bretaña y Francia, armaron y entrenaron a los ejércitos latinoamericanos. Y de hecho la situación no cambió después de la guerra. Es claro que quienes más se beneficiaron de la misma fueron los integrantes del Falklands Lobby y la Falkland Islands Company. El prepotente y brutal régimen militar argentino cayó en una trampa que significaría un retroceso importante en las pretensiones argentinas por recuperar las islas. El régimen militar cayó y en un mes se dieron muestras de iniciativa británica de distención. La Zona de Exclusión fué reducida a una Zona de Protección de un radio de 50 millas náuticas el 23 de julio. Las relaciones comerciales tanto con la CEE como con el Reino Unido se reanudaron ya en junio. En setiembre se levantaron bilateralmente las sanciones financieras. La Asamblea General de la ONU instó a las partes a reanudar el diálogo con apoyo explícito de Estados Unidos. Pero Gran Bretaña en esto se mostró intransigente: se negó a negociar la soberanía de las islas y no levantó la prohibición de ingreso de civiles con pasaporte argentino a las islas. Buenos Aires por su parte no aceptó ningún ofrecimiento británico que no contemplara la cuestión de la soberanía.
Londres aprovechó la guerra y la renovada agresividad diplomática del nuevo gobierno democrático de Raúl Alfonsín, para militarizar las islas. Buenos Aires recuperó su posición en los foros internacionales, obteniendo respaldo de la OEA, la ONU y el Movimiento de Países No Alineados. Pero Londres logró su objetivo de rentabilizar la explotación económica de las islas y, además, reducir la influencia del Lobby logrando una influencia directa sobre los habitantes isleños. La creación en 1984 de la Falkland Islands Development Corporation y el incremento de la inversión en infraestructura (en 1985 se construyó el aeropuerto de Mount Pleasant), diversificación económica (incluyendo una reforma agraria, distribución de tierras a los isleños e instalación de una granja hidropónica) y promoción de la inmigración selectiva, surtieron el efecto esperado: se exacerbó el nacionalismo isleño y se afianzó la postura conservadora intransigente. El otorgamiento de la ciudadanía británica a los isleños y la elaboración de una constitución propia que les concedía mayor autonomía, fueron medidas que lograron restar influencia al Lobby.
Todas las propuestas de solución de la cuestión (como la propuesta de la oposición laborista de traspaso siguiendo el modelo de Hong Kong de 1984) cayeron en saco roto. Tampoco las reuniones entre laboristas y representantes del gobierno argentino consiguieron un compromiso formal.
En 1986 hubieron nuevos roces con motivo de la imposición por parte de Buenos Aires de estrictas medidas de preservación de los recursos pesqueros en su jurisdicción marítima. Thatcher reaccionó estableciendo unilateralmente en un radio de 150 millas náuticas la Falkland Islands Conservation Zone (FICZ). A pesar del aumento de la tensión, que llevó a un intento norteamericano de mediación, el FICZ se implementó a partir de 1987 impactando positivamente en la economía isleña. Los ingresos por concepto de concesión de licencias de pesca a compañías extranjeras hizo que hacia 1995 los ingresos per cápita en las Falkland superaran a los de Gran Bretaña, EEUU y Alemania. A su vez disminuyó sustancialmente la dependencia económica del Territorio con respecto a Londres. Los gastos metropolitanos quedaron reducidos al mantenimiento de las instalaciones militares.
La última escalada de tensión antes de la reciente escalada se dió en marzo de 1988 con motivo de las maniobras militares "Fire Focus" realizadas por el Reino Unido en las islas. La protesta argentina generó la resolución de la ONU del 18 de marzo y una declaración del Movimiento de Países No Alineados expresando preocupación por el accionar británico. Pero a fines de año, con mediación estadounidense, se desactivó el conflicto iniciándose negociaciones conjuntas bajo la "fórmula del paraguas", que dejaba momentáneamente de lado la cuestión de la soberanía y se centraba en cuestiones de cooperación, infraestructura y desarrollo económico. La cisis económica argentina y las elecciones de 1989 relegaron a segundo plano la cuestión de Malvinas. Londres levantó la prohibición de ingreso de personas con pasaporte argentino a las islas, permitiendo su arribo con pasaporte de turistas. Durante el período menemista iniciado en 1989 el capital británico ingresaría en Argentina aprovechando la política neoliberal del gobierno de Buenos Aires. A pesar de este entendimiento económico británico-argentino que extendería de hecho el "paraguas" respecto a las negociaciones sobre la soberanía de las islas, en 1994 la reforma constitucional ratifica en la primera de sus Declaraciones Transitorias el reclamo de soberanía respecto a malvinas como un "objetivo permanente e irrenunciable del Pueblo Argentino".

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viernes, 6 de abril de 2012

MALVINAS (IV): LA DERROTA DIPLOMÁTICA DE GRAN BRETAÑA




Es claro como el agua que la lucha de las naciones latinoamericanas por constituir y afirmar su identidad en un contexto permanentemente hegemonizado por las superpotencias anglosajonas y constantemente interferido por complejos fenómenos "globalizantes" (inclúyase la llamada "primera globalización" de los siglos XVIII y XIX e incluso la pretendida "proto-globalización" de los siglos XV-XVI-XVII) es un fenómeno tan relativamente reciente que nos perturba a niveles muy profundos, y eso nos dificulta analizar tales procesos históricos. A ello se debe añadir el actual proceso llamado por ciertos autores como "neo-populista", caracterizado por ser, entre otras cosas, un intento de poner un freno al extremismo "globalifílico" de los regímenes neoliberales de las décadas anteriores. Eso se traduce en un retorno de ciertos "fundamentalismos" nacionalistas, moderados en ciertos casos y quasi "chauvinistas" en otros. En cierto modo Latinoamérica en su totalidad está pasando por un proceso de "refundación" de sus nacionalidades, lo que lleva a permanentes roces tanto con vecinos como con potencias internacionales. Estados Unidos, Gran Bretaña e incluso Francia suelen ser enfrentados con un renovado fervor ante el menor indicio de interferencia en asuntos internos.
Ahora bien: ¿cómo entrever la delgada línea entre la militancia nacionalista a ultranza y la defensa legítima de intereses nacionales? Defensa legítima sí, pero de ningún modo habilitante a un historiador para justificarla utilizando demagogia o falseando deliberadamente los hechos. El fenómeno nacionalista, por más encuadrado en cánones democráticos que esté, suele ser pasional y despierta todo tipo de susceptibilidades. Se parte de la incuestionabilidad de cierto núcleo raíz de ideas y todo análisis se convierte así en un callejón sin salida con una conclusión forzosamente única.
En esta interesante coyuntura latinoamericana se atraviesa otro fenómeno de carácter internacional: la crisis económica que sacude Europa, Norteamérica y Japón (el mundo desarrollado) desde el 2008 y afecta a países emergentes (si bien a éstos, en muchos aspectos, los ha relanzado en la palestra internacional como nuevas potencias en algunos casos: Brasil, China, India, Rusia). Tal fenómeno produce no sólo contracción económica de las naciones industrializadas sino también una retracción hacia fenómenos nacionalistas de autoafirmación. Es necesario tener presente este escenario a la hora de analizar determinados hechos so pena de descontextualizarlos o entenderlos muy parcialmente (y parcializadamente).
En 1982 un desafortunado choque de procesos de reafirmación nacionalista convergentes produjo el encuentro bélico entre una nación latinoamericana emergente y otra perteneciente al grupo de las potencias coloniales en desgracia desde su pérdida definitiva de hegemonía mundial en favor de Estados Unidos a partir de 1945. La Guerra de Malvinas fué el corolario de una serie de desatinos diplomáticos entre una dictadura fascista latinoamericana en decadencia, apoyada por Estados Unidos, y un régimen neoliberal conservador en recesión aliado estrechamente con la superpotencia mundial. Una compleja urdimbre de intereses encontrados que terminó en una desgracia, podríamos decir.
Para explicar el comienzo de esta nueva etapa en las relaciones diplomáticas argentino-británicas hay que elevarse al 5 de julio de 1945, cuando el gobierno de Juan Domingo Perón presentó el proyecto, aprobado unánimemente en la Cámara de Diputados, de someter el diferendo por la soberanía de las islas al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Por vez primera el conflicto dejaba de ser una cuestión bilateral exclusivamente y se ponía a discusión en foros multinacionales. No obstante eso la escalada de incidentes y acciones bilaterales no cesó y alcanzó varios picos de tensión.
En 1947 se instituye la Subcomisión Islas Malvinas e Islas Georgias del Sur y el 9 de junio de 1948 la División Antártida y Malvinas del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina (Decreto Nº 17040). La nación sudamericana anunciaba así su intención de defender sus derechos sobre las islas del Atlántico Sur y una parte de la Antártida y preparaba su defensa legal ante los foros internacionales. Gran Bretaña replicó inscribiendo en 1948 a las islas como Territorio No Autogobernado o Territorio Dependiente Británico. En 1950 el Congreso Nacional Argentino declara a la Malvinas como "posesión argentina". La réplica es una Ordenanza Real británica del día 21 de diciembre de 1950 extendiendo la soberanía de las islas sobre 85.000 km2 de subsuelo y plataforma submarina.


Conjuntamente con las acciones diplomáticas ocurrieron algunos incidentes. En 1947 hubo maniobras y desembarco de personal y equipo por parte de toda una escuadra de la Armada Argentina en varias islas del Atlantico Sur. Las acciones formaban parte del proceso de instalación de bases militares argentinas en parte del territorio antártico y sus adyacencias reclamados (Argentina poseía desde 1904 la Base o Estación científica de las islas Orcadas). Hubo algunos roces con la fragata inglesa HMS Snipe y el crucero HMS Nigeria  apostados en la zona, pero la escuadra argentina decidió retirarse. Le siguió un período de distención consumado por el retiro de la zona de los navíos británicos de guerra en 1949.



En 1952 el tono de las declaraciones subió nuevamente y Buenos Aires anunció la ocupación de los territorios australes reclamados. El 1 de febrero de 1952 se produjo un incidente bélico de baja intensidad en Bahía Esperanza (Hope Bay). Desde el 14 de enero de ese año personal del ARA Chiriguano, buque de la Armada Argentina, se encontraba construyendo el Destacamento Naval Esperanza, cuando el 1 de febrero fué enviado un equipo civil de la Falkland Islands Dependencies Survey en el buque John Biscoe a reconstruir la antigua Base D, instalada en 1945 e incendiada en 1948. Hubo advertencias y luego disparo de ráfagas de ametralladora por parte de militares argentinos a las órdenes del teniente de fragata Luis Casanova,  lo que obligó al equipo británico a reembarcarse. El gobierno argentino informó al embajador británico de que se trató de un malentendido y un exceso de autoridad de Casanova (aunque éste no fué removido de su cargo). El 4 de febrero, al llegar la nota de protesta del Gobierno británico, el gobernador de las Falkland, sir Miles Clifford, desembarcó infantes de marina en Bahía Esperanza en la fragata HMS Burghead Bay como protección al buque John Biscoe en su tarea de transportar a quienes realizarían los trabajos de reconstrucción de la Base D. También se envió a la zona el HMS Superb con autorización de uso de la fuerza. La tensión aumentó con el desembarco argentino en isla Decepción (Shetland del Sur) en 1953. En realidad se trató de la inauguración del Refugio Naval Thorne el 3 de enero y el Refugio Teniente Lasala el 17 de enero por parte del buque ARA Chiriguano, donde se dejó a un sargento y a un cabo (desde el 25 de enero de 1948 Argentina poseía una base científica en la isla llamada Destacamento Naval Decepción). El 15 de febrero 32 royal marines desembarcaron del HMS Snipe, destruyeron los dos refugios y los dos marinos argentinos fueron devueltos a un barco de su nacionalidad el 18 de febrero.  Sin embargo el compromiso de nointerferencia mutuo en Bahía Esperanza aportó un breve período de calma.  Éste se vió roto por los incidentes en la isla Dundee, en el archipiélago de Joinville a fines de 1853. Para poner fin a la tensión el presidente Perón, en ocasión de la ceremonia de coronación de la reina Isabel II en 1853, envió al contraalmirante Alberto Tesaire, presidente provisional del senado, con instrucciones para negociar en privado un traspaso de la soberanía de las islas al Estado argentino a cambio de una compensación financiera. El Foreign Office rechazó la oferta porque temía debilitar aún más el régimen del Primer Ministro Churchill ante la opinión pública.
En 1964 se inició una nueva escalada de tensiones. En septiembre ocurre el incidente en el que el piloto civil argentino Miguel Fitzgerald aterriza una avioneta en el hipódromo de Port Stanley y despliega una bandera de su país, logrando regresar impunemente a suelo argentino sin ser capturado. Londres elevó una protesta ante la ONU pero Buenos Aires desligó responsabilidades en el asunto. El gobierno británico decidió establecer un destacamento permanente de royal marines en las islas.
En setiembre de 1966 la tensión llegaba a un pico extremo cuando un grupo comando acompañado por dos periodistas del diario Crónica, secuestran el vuelo 648 que hacía el trayecto Buenos Aires-Río Gallegos, transportando al entonces gobernador de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, y lo desvían hacia las islas haciéndolo aterrizar en el hipódromo de Port Stanley. La llamada "Operación Cóndor" (curioso nombre) pretendía asaltar la casa del gobernador y el arsenal pero se empantanaron en el hipódromo y fueron sitiados por las fuerzas de seguridad locales. Con la intervención de un cura católico local que, incluso, ofició una misa en castellano, se consiguió que los secuestradores entregaran las armas al comandante del avión, Ernesto Fernández García, y se rindieran ante las autoridades locales. De vuelta en Argentina dos días después de su llegada a las islas, transportados en el ARA Bahía Buen Suceso, fueron juzgados por el gobierno de facto de Onganía. La mayoría recibió condenas de nueve meses y tres de elos de tres años debido a sus antecedentes políticos. Hubo protestas y acciones antibritánicas, como el tiroteo de la embajada en Buenos Aires, lo que motivó un rápido pedido de disculpas del gobierno argentino a su par británico. Londres aumentó el regimiento de Royal Marines en Falkland de 6 efectivos a 40, elevándolo a la categoría de pelotón.
El 27 de noviembre de 1968 en una operación orquestada por el diario Crónica, en la que participaron el piloto Fitzgerald, el director del matutino y un periodista, una avioneta propiedad del medio de prensa aterrizó en condiciones algo forzosas en un camino próximo al hipódromo de Port Stanley. Los intrusos fueron detenidos por 48 horas y luego devueltos a Río Gallegos.
A todo esto la República Argentina, presidida por Arturo Illia, obtiene un contundente triunfo diplomático en el seno de las Naciones Unidas. La resolución 1514 (XV) Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales, del 14 de diciembre de 1960 (aprobada por 89 votos a favor y 9 abstenciones), hace referencia en los puntos 2, 4, 6 y 7 al respeto a la autodeterminación, a la unidad nacional y a la integridad territorial. A su vez las resoluciones 1654 (XVI) y 1810 formalizaban el "Comité Especial de los Veinticuatro" para hacer un seguimiento de los procesos de descolonización. El caso Malvinas cayó en la esfera del Subcomité III. El gobierno de Illia presionó y logró que la ONU obligara a Londres a debatir y negociar el statu quo de las islas (Londres quería mantener el statu quo vigente en base a una interpretación parcial de la resolución). En las sesiones de setiembre de 1964, ambas delegaciones presentaron sus respectivas tesis: José María Ruda lo hizo por el lado argentino y Cecil King por la parte británica. Con fuerte respaldo latinoamericano (en especial de Uruguay y Venezuela) se aprobó punto por punto la tesis argentina. El principal éxito residía en el reconocimiento internacional de que la resolución 1514 debía aplicarse al territorio y no a la población en el caso de Malvinas (predominio del principio de integridad territorial de un Estado sobre el principio de autodeterminación del pueblo).
La estategia argentina tuvo eco y resonancia en un especial momento de la historia, signado por el proceso de descolonización que había entrado en una recta de consolidación. Precisamente el principio de integridad territorial encontraba una amplia aprobación inclusive entre algunas de las potencias colonialistas (de ese modo defendían derechos como los de España sobre las islas Canarias, Dinamarca sobre Groenlandia, Francia sobre Córcega, etc). La búsqueda de la preservación de los statu quo territoriales, muchos de ellos irrespetuosos de derechos de autodeterminación e identidad étnica, estaba unida a la pretensión de lograr un equilibrio internacional que satisfaciera tanto a los nuevos Estados como a las ex potencias coloniales. Los casos como el de Timor Oriental, en poder portugués entonces y reclamado por Indonesia (que lo ocupó en 1975) o Taiwán, cuya independencia no era aceptada por China continental que, de hecho, consiguió desplazarla en el Consejo de Seguridad de la ONU en 1971, o el caso de la República ibo de Biafra, cesesionada de la Federación de Nigeria en 1967 pero reincorporada a la fuerza en el Estado africano conformado en 1960, constituyen ejemplos de cómo se oponían los derechos de integridad territorial por encima de los ligados a la autodeterminación de los pueblos. Muchas de las nuevas naciones nacieron amenazadas con desintegrarse en un maremágnum de pequeñas e inestables estructuras y ese era un riesgo que debía evitarse. Por eso tuvo muy buena acogida la tesis argentina en el seno de unas Naciones Unidas donde las representaciones de los países emergentes eran mayoritarias. Se instalaba la idea de que Malvinas era un enclave colonial equiparable a Adén, Gibraltar o Hong Kong, que debía ser restituído a sus legítimos dueños. De ese modo se convertía en uno de los símbolos de la lucha contra el colonialismo y la prepotencia de las naciones con un pasado colonialista. Claro está que también tales enclaves y su defensa se convirtieron en símbolos de orgullo patriótico de esas antiguas potencias.
Como corolario de una brillante serie de éxitos diplomáticos por parte de Argentina, el 16 de diciembre de 1965 se aprueba, con 94 votos a favor y 14 abstenciones, por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas la resolución 2065 (XX) basada en el informe previamente aprobado por 87 votos a favor y 13 abstenciones de la IV Comisión de Asuntos Coloniales de la Asamblea General. La resolución consagra la derrota diplomática de Londres que incluso, contó con el respaldo explícito de Estados Unidos en su pretensión de llevar las negociaciones fuera de la órbita de Naciones Unidas. Obliga a Gran Bretaña y Argentina a negociar e informar tanto al Comité Especial como a la Asamblea General de los progresos, además de sancionar la descolonización de las islas sobre el principio de integridad territorial y no sobre el de autodeterminación. El éxito diplomático argentino fué tan rotundo que Gran Bretaña tuvo que empezar a ceder a pesar del orgullo nacional herido.
El 14 de enero de 1966 el Reino Unido aceptaba oficialmente la validez de la resolución 2065 a través  de la firma en forma conjunta de un documento por parte del canciller argentino Miguel Ángel Zavala Ortiz y el secretario de Estado de Relaciones Exteriores británico Michael Stewart. Pero luego ocurre el golpe de Estado de Onganía y las conversaciones se enrarecen, mediatizadas por los incidentes como el de la "Operación Cóndor". Onganía había nombrado al brigadier Eduardo Mc Loughlin como embajador en Londres y encargado de las negociaciones. Tras algunas propuestas evasivas como la del congelamiento por 30 años de las conversaciones y traspaso de la decisión al pueblo de las Malvinas, en marzo de 1967 el gobierno británico anuncia que está dispuesto a traspasar la soberanía de las islas siempre que se respete el "deseo" de los isleños. Téngase en cuenta que la resolución de la ONU establece que se deben respetar los "intereses" pero no los "deseos" de los habitantes de las islas, por lo que no se puede objetar la negativa argentina a la propuesta británica. Pero también debe tenerse en cuenta que el Parlamento londinense estaba siendo presionado por un llamado "Falklands Lobby" (Comité del Reino Unido y las islas Falkland), compuesto por influyentes ciudadanos y financiado por la Falkland Islands Company. En febrero de 1968 el Lobby presionó al Parlamento británico para que se interpelara a Lord Chalfont, representante del Foreign Office, y al ministro Stewart, cosa que se hizo en marzo. No se llegó a un consenso y el gobierno sólo se comprometió a someter a convalidación de los isleños un posible acuerdo binacional. De este modo el 28 de marzo hubo un acuerdo entre Mc Loughlin y Stewart sobre la base de la atención de los "intereses" y no los "deseos" de los isleños, a la par que se dejaba de lado la cuestión de la "autodeterminación". Los ministros Nicanor Costa Méndez y Charles Stewart comunicaron a la Asamblea General de la ONU los términos del Memorándum conjunto. El giro sorprendente que tuvo este episodio dos meses después no deja de consternar a los analistas. Lord Chalfont defendió ante los isleños la conveniencia de continuar con el traspaso de soberanía y, junto con Stewart, debió soportar el embate del Lobby, de los conservadores y de la prensa británica. Sin embargo el gobernante de facto Onganía mantuvo un obstinado silencio sobre cuyos motivos sólo existen especulaciones. Cuando se decidió a apoyar el Memorándum de Entendimiento en diciembre de 1968 el gobierno laborista inglés ya había cedido a la presión de la oposición. Stewart comunicó a Mc Loughlin que Londres no apoyaría el Memorándum y retrocedió hacia las exigencias anteriores: el respeto de los "deseos" de la población isleña y la discusión de descolonización sobre la base del principio de autodeterminación.
Gran Bretaña debió ceder nuevamente a la presión internacional en 1970: el 12 de octubre la Asamblea General de la ONU emitía la resolución 2621 (XXV) exigiendo la aceleración de las conversaciones sobre descolonización. Al año siguiente, tras varias evasivas, el Reino Unido aceptó negociar respecto al tema de las comunicaciones de las islas con el continente. El 1º de julio ambos gobiernos suscribieron un acuerdo de cooperación y compromiso de facilitación de circulación de bienes y servicios entre las islas y el continente.  Los avances en este respecto fueron notorios en los siguientes meses (incluían convenios para construir un aeródromo e instalar una sucursal de Líneas Aéreas del Estado argentino en Port Stanley), contando con el beneplácito del Lobby, la Falkland Islands Company, la prensa y la oposición conservadora británica. Pero respecto a la agenda de descolonización Londres la evitó constantemente. En mayo de 1973 el nuevo gobierno democrático de Héctor Cámpora denunció ante la ONU la actitud británica. El 14 de diciembre la Asamblea general aprobaba la resolución 3160 (XXVIII) que instaba al cumplimiento de la resolución 2065. La "política amistosa" parecía llegar a su fin (declaraciones del canciller Alberto Vignes en julio de 1974), si bien no se interrumpieron las negociaciones.
El gobierno del primer ministro británico Harold Robins aceptó la reapertura de las negociaciones sobre la base del condominio anglo-argentino sobre las islas. Se efectuaron reuniones de carácter confidencial y se llegó a establecer una agenda. Pero todo se desmoronó a partir del fallecimiento de Perón ese mismo mes de julio de 1974. Una de las razones principales que jaquearon los acuerdos fué el inicio de prospecciones petrolíferas por parte de compañías británicas en las islas. El 19 de marzo de 1975 el gobierno argentino emite un comunicado en tono muy duro oponiéndose a las intenciones británicas de explotar recursos naturales en las islas.
A partir de entonces se abre un período de máxima tensión y ruptura de las relaciones binacionales. El principal disparador es el envío de una misión económica a las islas encabezada por Lord Shackleton el 12 de octubre de 1975. La acción unilateral británica produce un endurecimiento de las declaraciones argentinas, llegando a amenazar veladamente con la acción armada. A pesar de ello la única propuesta para continuar las negociaciones vino del lado argentino: el canciller Manuel Aráuz Castex propuso convertir a la misión Shackleton en binacional. Pero Gran Bretaña respondió con evasivas, dando a entender que tenía intención de proseguir unilateralmente con la iniciativa. Al arribo de la misión el 3 de enero de 1976 la tensión llegó a un máximo peligroso. Gran Bretaña ensayó varios intentos por distender la situación pero el gobierno argentino se mantuvo firme en sus posiciones, amparándose además en el formal respaldo recibido de la OEA. El 4 de febrero ocurrió un incidente en el que el destructor ARA Almirante Storni y un avión Neptune persiguieron (y también se abrió fuego) contra el buque británico de investigación oceanográfica RSS Shackleton hasta seis millas de Port Stanley. A pesar de lo espectacular del incidente lo cierto es que no hubo intención desde ninguno de los implicados en el mismo de efectuar una acción drástica. Por otro lado Londres se hallaba enfrascado en el conflicto comercial con Islandia llamado "Tercera Guerra del Bacalao", y restó trascendencia al "incidente Shackleton". Podemos notar en esta situación la forma en que obra Londres en su nueva etapa como potencia colonial de menor trascendencia: a través de conflictos controlados y focalizados con los cuales busca obtener réditos económicos.
Esta cuestión es evidente si tomamos en cuenta que, debido a las conclusiones del Informe Shackleton de julio de 1976, que evidenciaba la debilidad de la economía malvinense y la necesidad de desarrollarla con la cooperación de Argentina, Londres decide retomar la propuesta de cooperación binacional. Desde principios de año los gobiernos del dictador Jorge Videla y del laborista James Callaghan habían retomado el cauce de las negociaciones de carácter secreto. Pero pese a las simpatías del ministro Martínez de Hoz por el capital británico, el gobierno argentino no cedió en sus posiciones. A esto se suma el total respaldo a la Argentina otorgado por la ONU en la resolución 3149 (XXXI) del 1º de diciembre, donde se manifiesta preocupación por el accionar unilateral británico.
La intención británica de capitalizar el mayor tiempo posible el desarrollo económico de las islas explica su política ambigua y esquiva de dilatar el traspaso de soberanía del territorio. Pero su peligrosa estrategia de elevación de tensiones y posteriores distenciones tendría un efecto trágico. En efecto para 1977 estaba claro que su interés se centraba en acelerar la cooperación binacional aplicando las conclusiones de la misión Shackleton. Se buscaba negociar con los intereses isleños (para que acepten la idea de la cooperación) y se promovía la acción diplomática dilatoria. Pero la diplomacia argentina demostró una vez mucha inteligencia: propuso la reanudación plena de relaciones diplomáticas, desactivando las intenciones británicas de militarizar las islas como pretexto por las amenazas previas de Buenos Aires.
El 19 de abril de 1977 se emitía un comunicado conjunto en el que Londres aceptaba por primera vez discutir el tema de la soberanía. La oposición política y la de los intereses malvinenses arreció nuevamente contra la política de acercamiento del Foreign Office. La diplomacia británica debió maniobrar ante las presiones internas y externas, consiguiendo una nueva dilatación del tratamiento de la cuestión de fondo que se prolongó hasta fines de 1981 con encuentros diplomáticos en Nueva York, Lima, Ginebra y París. Buenos Aires intentó como estrategia paralela la compra de parte de la Falkland Islands Company a través del empresario Héctor Capozzolo, con el objetivo de restar financiamiento al poderoso Falklands Lobby. Sin embargo el gobierno británico bloqueó la operación. La estrategia argentina adolecía de un único defecto: su negativa a incluir en su estrategia a los colonos isleños. De hecho parte de la presión que hacía caer los acuerdos venía de los colonos o "kelpers" (como se los llama despectivamente en Argentina). Pero mientras Buenos Aires negaba a los kelpers, Londres insistía en incluirlos en la negociación. Obviamente que, en definitiva, formaban parte de la excusa británica para proponer maniobras dilatorias, pero lo cierto es que propuestas salomónicas que llegaron a contentar a ambas partes terminaron en agua de borrajas por la cuestión de la presión isleña aunada a la de los poderosos intereses económicos que se aprovechaban de la misma.
Eso es evidente en el último intento británico por forzar un acuerdo que contentara a todas las partes (en definitiva, eso es la diplomacia). En julio de 1980 el gobierno de Margareth Thatcher propuso la idea del arriendo: Argentina tendría la soberanía nominal de las islas y el Reino Unido las administraría por un período de tiempo determinado (se hablaba de entre 25 y 99 años). La opinión de los colonos por vez primera se mostró dividida: había una mayoría de indecisos. Sin embargo la presión combinada de una oposición parlamentaria conjunta laborista-conservadora, la del Lobby, el London Times y la minoría isleña recalcitrante pusieron al gobierno Thatcher contra las cuerdas. A pesar de que el diagnóstico de la situación aconsejaba la solución del arriendo, sostenido por el gobierno británico, la oposición se mantuvo intransigente. De este modo se cayeron las rondas de negociaciones en 1981. El diálogo se terminaría en breve.

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