viernes, 25 de agosto de 2017

EL NUEVO SHOCK NEOLIBERAL LATINOAMERICANO ESTÁ CONDENADO AL FRACASO







El problema con el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que los estúpidos están llenos de confianza
Charles Bukowski


Es posible que una muy mala lectura del entorno macroeconómico haya impulsado a los sectores ligados a las finanzas y a las exportaciones al mayor suicidio colectivo de la historia de Latinoamérica. Si no fuera por el hecho de que la maniobra que jaqueó los procesos “populares” o “populistas” posiblemente arrastre a las masas trabajadoras y medio-bajas a lmiseria, se podría decir que las élites latinoamericanas, tradicionalmente adictas a la genuflexión ante el capital financiero internacional, recibieron su justo merecido.
Tras la crisis del neoliberalismo latinoamericano de 2001, consecuencia directa de las políticas de responsabilidad fiscal y privatización apoyadas por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Internacional del Comercio, una serie de procesos políticos aplicaron esquemas económicos inspirados en la idea del “capitalismo de Estado”, a mitad de camino entre el keynesianismo, el desarrollismo y el socialismo, tendientes a recomponer el destruido mercado interno y detener el profundo deterioro social.  Estaba claro que insistir con la vía técnica neoliberal, que intentaron algunos gobiernos aprovechando la recuperación del entorno macroeconómico, no era la solución. Los nuevos regímenes de tendencia izquierdista-progresista o nacionalista lograron el objetivo de estabilizar social, económica y políticamente a los países latinoamericanos pero la prolongación de una bonanza económica de proporciones históricas comenzó a impacientar a los sectores oligárquicos empresariales y financieros. Estos grupos percibían la situación como la pérdida de una oportunidad histórica para generar una “revolución neoliberal” que entreveían de ribetes orgiásticos respecto a establecer negocios cuantiosos y generar lluvias de inversiones. Desde hacía un tiempo los CEOs empresariales miraban codiciosos la evolución de las otrora potencias comunistas (Rusia, China, Viet Nam) y la India, convertidas ahora en lo peor del capitalismo. En efecto, esas potencias apostaron a atraer inversiones a través de la generación de mano de obra barata, la terciarización (o sea, el desarrollo orientado al sector de los servicios, lo que implica flexibilización laboral) y la tercerización (o subcontratación, prestación de servicios especializados a empresas internacionales). El hecho de que tales medidas aplicadas por entornos políticos de dudosa o mala calidad democrática (según los estándares de Occidente, que también son de dudosa o mala calidad democrática aunque se consideren a sí mismos como puristas) igualmente atrajo inversiones masivas, los CEOs latinoamericanos razonaron que podrían atraer muchas más si establecían entornos políticos recomendados por la OCDE, el Comité de Basilea, el FMI y el Banco Mundial.
Desde el inicio mismo del descalabro económico de 2001, tras salvar sus activos colocados en el exterior, esperaron que las aguas sociales se calmaran y comenzaron a volver por los mismos tirantes por los que habían huido cuando el barco estatal se hundía. Reaparecieron como gerentes, empresarios exitosos, outsiders de la política, desideologizados, pacifistas, apóstoles del fin de las “grietas”, moralistas, defensores de la seriedad, de la responsabilidad, del mérito y firmes impulsores de la “vuelta al mundo”. Su discurso al que podríamos calificar de “neo-cooperativista” orientado a la eficacia de la gestión y la productividad generó adeptos en las clases medias que nunca adhirieron del todo a los populismos pero que los toleraban porque no tenían opción o por que los consideraban el mal menor. No cabe la menor duda de que el envalentonamiento de estos sectores de la derecha latinoamericana se debía al espaldarazo de los aliados de siempre, los activistas “pro-democracia” (o sea, pro-neoliberalismo) del Departamento de Estado de Washington, por vía de sus organismos: la USAID (United States Agency for International Development) y la NED (National Endowment for Democracy). De ese modo pudieron orquestar una activa campaña de desprestigio de los líderes de la “izquierda” latinoamericana, claramente sincronizada desde 2012, cuyos arietes principales fueron la prensa hegemónica y los sectores conservadores mayoritarios de la justicia. Curiosamente solo consiguieron un par de triunfos “legítimos”: la victoria electoral de Mauricio Macri en Argentina el 10 de diciembre de 2015 y de Pedro Kuczynski en Perú el 5 de junio de 2016. Por cierto que la avanzada conservadora, producto del reagrupamiento de las oligarquías y clases medias adeptas (amén de algunos sectores populares “desideologizados” y cooptados) había logrado ganar las elecciones parlamentarias venezolanas en diciembre de 2015 y rechazar el referéndum reeleccionista de Evo Morales en Bolivia (febrero de 2016), pero fracasaron en las elecciones brasileñas del 5 de octubre de 2014 así como en las elecciones uruguayas del 26 de octubre y 30 de noviembre de 2014. Tampoco la Asamblea Nacional conservadora venezolana consiguió hasta el momento revocar el mandato de Nicolás Maduro. Además el oficialismo ganó las elecciones nicaragüenses el 6 de noviembre de 2016 y ecuatorianas en la segunda vuelta el 2 de abril de 2017. Sin embargo el 31 de agosto de 2016 se producía el golpe parlamentario que puso fin al gobierno del PT en Brasil, imitando el mismo procedimiento de dudosa legitimidad que acabó con gobiernos “populares” en Honduras (28 de junio de 2009) y Paraguay (22 de junio de 2012).
Entonces iniciaron la “vuelta al mundo”. En Brasil un Michel Temer sospechado de corrupción y sostenido por un parlamento también sospechado de corrupción se avino a hacer el trabajo sucio de aprobar leyes retrógradas de corte neoliberal salvaje bajo el chantaje de las oligarquías de la Triple BBB (Boi, Bala y Biblia) apoyadas en los medios de comunicación dominante y la justicia adicta. En Argentina el presidente Macri y su equipo de técnicos ceñidos al pie de la letra de un guión de marketing básico se puso al frente de una suerte de reality show mezcla de “escuela de emprendedurismo (una pésima traducción de la palabra entrepreneurship, por cierto) para niños” y “círculo de autoayuda para completos ignorantes del real significado de las tradiciones orientales”, protegido por una mafia mediática sin escrúpulos que se encarga de maquillar el terrible shock neoliberal que pretende establecer un “supermercado del mundo”, aplaudidos por una egoísta y retrógrada clase media con pretensiones aristocráticas. Mientras en Venezuela los líderes de la derecha arreciaban su ofensiva contra el gobierno de Maduro amenazando con una guerra civil.
A todo esto ocurre el impactante triunfo de Donald Trump en Estados Unidos en las elecciones del 8 de octubre de 2016 y Latinoamérica (además del mundo entero) contuvo la respiración. Lo peor de la derecha yankee acababa de apoderarse de la Casa Blanca. Incluso la derecha latinoamericana sintió temor, porque se cernían nubarrones sobre el proyecto neoliberal apoyado por Obama y que era garantizado por quien creían sería la ganadora, Hillary Clinton. Trump amenazaba con una política proteccionista en materia económica y sus ínfulas “populistas” creaban desconfianza en los oligarcas “ciudadanos del mundo” de Latinoamérica.
Sin embargo no es necesario acusar al “efecto Trump” como el posible causante de la inevitable debacle de la ofensiva neoliberal latinoamericana. En su negligencia y absoluto ombliguismo (muchos de ellos exhiben todos los síntomas del perverso narcisista de Jean-Charles Bouchoux) la rancia derecha oligárquica latinoamericana no se dio cuenta que no podía “volver al mundo” porque ese mundo había empezado a tambalear tras la crisis de las hipotecas subprime de 2007 de Estados Unidos. Es notorio que la mayoría de los líderes políticos de la derecha y los CEOs con los que están asociados (porque muchos de ellos mismos son CEOs, por supuesto) subestimaron la magnitud de la crisis que afectó el mundo industrializado. Posiblemente la actitud decididamente intervencionista de la Troika (Unión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) imponiendo medidas de austeridad en Grecia, Portugal, Irlanda, España, Chipre, Italia y otros países en el contexto de la Crisis del Euro (2010-2014) inspiró a la “nueva derecha” latinoamericana a hacer lo propio alineándose con lo que suponía era una tendencia mundial.
Sin embargo desde la retirada del Reino Unido de la Unión Europea (iniciada por el referéndum del 23 de junio de 2016) se ha producido un fenómeno de consecuencias aún imprevisibles. Todo apunta a que el Reino Unido y los Estados Unidos han puesto en rodaje una tendencia nacionalista y proteccionista con tintes de xenofobia neo-fascistoide preocupante. Una tendencia que también parece extenderse hacia Latinoamérica: el primer régimen que apunta a un total alineamiento con el eje Estados Unidos-Reino Unido es Argentina (donde la violencia represiva va en aumento y se ha cebado contra supuestos nacionalismos indígenas provocando una desaparición forzada de persona y presos políticos, amén de una preocupante carencia de calidad democrática). Por otro lado se cierne sobre Latinoamérica una vieja lacra: la reanudación de la política de intervenciones yankees al estilo “Big Stick” en caso de cumplirse las amenazas de Trump sobre Venezuela. Por el momento todos los gobiernos latinoamericanos, excepto Argentina, han condenado tal exabrupto.
A todo esto hay que agregar el hecho de que el precio de las materias primas, empezando por el del petróleo, viene en picado desde 2014 motivado por la desaceleración del crecimiento chino, el crecimiento de la producción de petróleo y esquisto estadounidense, la producción de petróleo barato por parte del Estado Islámico, la mejora de relaciones Irán-Occidente, el impacto de los combustibles alternativos y la guerra de divisas iniciada en 2010, actualizada en 2015, que llevó a devaluaciones del euro y las monedas asiáticas. El mundo asiste a lo que parece una acentuación de la guerra comercial entre Estados Unidos y Gran Bretaña, la Unión Europea, China y Japón. Desde el inicio de la Guerra contra el Terrorismo en el 2001 el proyecto de globalización neoliberal lanzado como un Nuevo Orden Mundial a inicios de los 90 está entrando en una crisis irreversible debido al resurgimiento de los nacionalismos y de la xenofobia.
Debido a todo esto es seguro que no ocurrirá la lluvia de inversiones que esperaban las derechas latinoamericanas tras la aprobación de las exigencias de la OCDE y del FMI, apostando a la estrategia empleada por los Estados ex-comunistas de Asia Oriental y la India de combatir el déficit fiscal, adoptar la flexibilización laboral, además de abatir los aranceles a las importaciones y liberar el tipo de cambio. Todo esto implica un retroceso a lo peor del neoliberalismo y un deterioro acelerado de la situación social, un cóctel explosivo de consecuencias imprevisibles. Por ejemplo, en el caso de Brasil se aprueba un reforma laboral tan retrógrada que incluso recorta derechos a las mujeres embarazadas. Lo cierto es que la política de abaratamiento de la mano de obra y flexibilización laboral es responsable del estancamiento actual de la economía de la India y China (un efecto característico de la llamada ley de rendimientos marginales decrecientes de la economía clásica y neoclásica) y la política de desindustrialización (unida a la no llegada masiva de inversiones) amenaza con una crisis de desempleo y un aumento de la pobreza sin precedentes.
En definitiva, lo peor de una devaluada élite de narcisistas congénitamente ricos (hijos de antiguos patricios que se han perpetuado en el poder político y económico latinoamericano desde los tiempos coloniales o de inmigrantes enriquecidos), ignorantes y discípulos del más cínico coaching empresarial, unidos a una masa de nuevos ricos resucitados y clase media aspiracional con mentalidad xenófoba, egoísta y profundamente individualista, se han unido para volver a dirigir al barco de los Estados latinoamericanos y chocarlo inexorablemente contra un arrecife. Seguramente escaparán al extranjero, escabulléndose por los tirantes como ratas, una vez más, a refugiarse en paraísos fiscales, abandonando a los pobres infelices que maltrataron y también a los estúpidos que los apoyaron.