viernes, 28 de diciembre de 2012

LA SEXUALIDAD HUMANA: ENTRE LA MONOGAMIA Y LA PROMISCUIDAD


La conducta sexual de nuestros ancestros ha sido objeto de amplios debates entre los científicos. En general existe un grupo conservador que defiende la idea de una monogamia original, que suele predominar en la visión envasada de nuestros ancestros que se enseña en las escuelas. Claro está que difícilmente esta idea romántico-cristiana se parezca a la realidad. Si bien la familia monogámica más o menos estable es la forma de unión más extendida entre los seres humanos en la actualidad, no es menos cierto que a lo largo del tiempo ha habido muchas otras.
Es cierto que en el ser humano la posibilidad de establecer un vínculo profundo y estable entre dos personas es una característica incluso biológica, pero también tiene base natural la tendencia a adaptarse a cualquier tipo de interacción sexual no estable.
Una de las líneas de evidencia que pueden aportar datos significativos sobre la conducta sexual de nuestros ancestros es el reciente estudio sobre las proteínas que diferencian las características del semen en los antropoides. El trabajo pertenece al Dr. Bruce Lahn de la Universidad de Chicago y su equipo de investigadores en el Instituto Médico Howard Hughes, el cual fue publicado en la revista Nature Genetics (edición del 7 de noviembre de 2004). En efecto se ha descubierto que en el caso del ser humano la tendencia a una qasi-inactivación de dos proteínas llamadas semenogelina 1 y 2 podría deberse a cambios en la conducta sexual respecto a su ancestro común con el chimpancé. Las semenogelinas, presentes en el chimpancé común, producen espesamiento y solidificación del semen una vez eyaculado en la vagina de la hembra. Tal característica se debe a la conducta sexual del chimpancé, condicionada a la receptividad de la hembra que atrae a gran cantidad de machos con los que copula. Ésta situación genera una competencia entre los machos por ser el primero en fecundar a la hembra receptiva. En este caso el macho que llega en primer lugar deposita el semen que se solidifica en la vagina de manera de actuar como un bloqueador del esperma de los machos que copulen posteriormente con la hembra. Un estudio realizado en Costa de Marfil ha demostrado que las hembras prefieren copular con los machos cazadores que las provean de carne, lo que introduce un factor social dentro de lo meramente reproductivo.
Pues bien sucede que el semen humano es diferente del de los chimpancés en el hecho de que las semenogelinas tienden a estar poco activas. En este sentido podría ser que la conducta sexual de los humanos primitivos evolucionó hacia una suerte de poligamia similar a la del gorila, debido a que éste no posee semenogelinas en el semen. En efecto, en el caso de los gorilas no existe competencia entre machos por fecundar a las hembras debido a que un macho alfa tiene exclusividad sobre las hembras de un grupo. Una vez que un macho asciende a la cúspide de la escala social mata a las crías de los otros machos y asegura la exclusividad de la diseminación de sus propios genes. Podría ser que los seres humanos primitivos evolucionaran en el sentido de una conducta sexual mucho menos promiscua que la de los chimpancés.
Sin embargo sucede que el humano parece exhibir características no presentes ni en chimpancés ni en gorilas, pero que si aparecen presentes en los bonobos o chimpancés pigmeos. Se trata del hecho de que su receptividad es durante todo el año y no circunscripta a períodos de celo como en el caso de gorilas y chimpancés. Tal situación biológica ha producido un sorprendente resultado en las conductas sexuales de los bonobo: el sexo tiene una función primariamente social y secundariamente reproductiva. Se practica en forma libre, pública y sin restricciones. La sociedad bonobo puede ser  definida como “matriarcal”: las hembras dominan colectivamente sobre los machos y copulan libremente. No existe el infanticidio debido a que las hembras utilizan el sexo para mitigar los conflictos: de este modo la colectividad de machos opta por proteger a las crías, no existiendo la institución del macho alfa.
La conducta sexual del bonobo parece ser una profundización de la promiscuidad y de la importante función de las hembras (sobre todo las hembras maduras) presente en las sociedades chimpancés. Debido a que el ser humano evolucionó hacia la receptividad permanente igual que en el caso del bonobo, muchos autores sospechan que el humano primitivo (descendiente de un ancestro común con el chimpancé) tuvo una evolución similar. De este modo parece más probable que los primeros homínidos australopitécidos, habilis y ergaster conformaran bandas donde las hembras tenían un papel activo en las tareas de espantar fieras para quitarles las presas (teniendo en cuenta que la teoría del cazador inicial está en bancarrota) y que, por ende, también tenían la iniciativa en lo que respecta a lo sexual. Quizá algunas especies de homínidos donde la diferencia anatómica entre machos y hembras se parece a la que existe entre los gorilas hayan desarrollado una conducta con tendencia a la poligamia, con machos dominantes y territoriales. Pero también es posible que simplemente se produjera una selección natural hacia los machos grandes porque las hembras los preferían sexualmente. La teoría de la hibridación entre especies humanas, que se viene abriendo paso lentamente como alternativa a la de la diseminación de una única especie desde África, basada en las evidencias genéticas respecto a la presencia de genes Neanderthal y Denisova en el moderno sapiens, ha hecho pensar a algunos autores respecto al papel de las hembras. En efecto, podría ser que existiera una interacción más activa de lo previsto entre las hembras de Homo sapiens arcaicos y los machos de otras especies que, anatómicamente, eran más grandes que los de su propia especie.
El descubrimiento de que el piojo púbico o ladilla que afecta al humano deriva directamente del piojo púbico del gorila, produciéndose la divergencia entre ambas especies de piojos hace 3,3 millones de años, también sugiere que hubo contactos sexuales entre ambas especies. Nuestros ancestros parecen no haber tenido problemas en relacionarse sexualmente con otras especies afines.
La pregunta es:¿por qué en la mayoría de las sociedades humanas modernas las conductas sexuales tienden a reprimir el factor social en las mismas, cuando supuestamente nuestros ancestros evolucionaron en ese sentido? Es como si la cultura humana hubiera ido en contra de la propia naturaleza humana.
En realidad la respuesta está en la tendencia humana al control masculino de la sexualidad femenina,
tendencia que se acentúa en la etapa cultural estatal-civilizada. Contrariamente a lo que cree la antropología de tendencia feminista, se ha constatado que desde la época de las sociedades cazadoras-recolectoras no existía una total igualdad de sexos. En efecto, en las sociedades koi-san y mbuti, ya se vislumbra una tendencia a un leve predominio masculino, aun cuando las mujeres gozan de libertades como la de procurarse muchos amantes. El monopolio masculino de la fabricación y utilización de las armas, además de la superioridad física, termina dando al varón autoridad en la toma de decisiones en las sociedades primitivas. En el caso de una sociedad primitiva como la de los aborígenes australianos no existe la igualdad de sexos y la superioridad masculina es notoria aún cuando la mujer posee una independencia mayor que en sociedades civilizadas. Pero hay documentación de que entre los melanesios y tribus amazónicas la sumisión cultural de la mujer al hombre es total. Es conocida la homosexualidad de los sambias de Nueva Guinea, sociedad guerrera y jerárquica donde la mujer es considerada un ser inferior. Llegan incluso a establecer una suerte de apartheid en el cual se excluyen a las mujeres de los espacios frecuentados por los hombres.
Al menos el Homo sapiens primitivo parece un ser en transición hacia una superioridad cultural de lo masculino sobre lo femenino, pese a que durante mucho tiempo persistió un equilibrio quasi igualitario entre ambos sexos. Este proceso llega a su culminación en la fase civilizada, cuando se establece el control de lo masculino sobre lo femenino, iniciándose la represión sexual e imposición de la monogamia estricta. De este modo, como señala Marvin Harris en “Nuestra Especie”, la jerarquización sexual es fruto de una selección cultural y no de una selección natural. La evolución biológica liberó al ser humano del imperativo reproductor del sexo: la ley natural que liga al sexo con la procreación y crianza de la prole. De ese modo la relación entre los sexos cambió sustancialmente, dando libertad de acción a varones y mujeres. En adelante los resultados de esa libertad de acción se tradujeron en estrategias culturales para asegurarse la satisfacción pulsional y el éxito reproductivo. Uno y otro sexo aprovecharon sus ventajas anatómicas para lograr tales objetivos y controlar los resortes de las sociedades cada vez más complejas de las que formaban parte. El resultado final, no obstante, fue una notoria imposición de lo masculino sobre lo femenino, fase en la que se encuentra aún la civilización humana. A pesar de la notoria liberación femenina que se aceleró desde los cambios culturales en Occidente a partir de la década del `60, no puede decirse que se haya sustituido o superado el paradigma patriarcal. Basta con observar el papel que aun se le reserva a la prostitución o los pruritos neuróticos que tabúan la sexualidad.

Fuentes consultadas:
http//www.hhmi.org/
http://www.news-medical.net/news/2004/11/08/14/Spanish.aspx
http://www.nature.com/ng/journal/v36/n12/suppinfo/ng1471_S1.html
http://www.hhmi.org/http://www.hhmi.org/http://www.hhmi.org/

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