sábado, 17 de marzo de 2012

ETNIAS DE URUGUAY: LA IDENTIDAD MESTIZA EN URUGUAY (I)


A pesar de que durante más de un siglo el sistema educativo nacional, organizado por José Pedro Varela durante el régimen de Lorenzo Latorre (1876-1880), instrumento de "homogeneización" (en lo declarativo, claro), nos embutió en la cabeza que en el Uruguay somos todos descendientes de "blancos" europeos venidos en barcos (salvo algunas pocas excepciones) lo cierto es que las complejas realidades étnicas subyacentes bajo la tiranía cultural "blancofílica" rioplatense pugnaron siempre por hacerse notar. La modernización iniciada en el siglo XIX con el régimen autoritario de Lorenzo Latorre (1876-1880) se esforzó por apresurar el proceso de "europeización" iniciado mucho antes por las élites patricias criollas. Amparados en concepciones fundamentalmente "racistas", en pleno auge del "positivismo" científico, se pretendía mejorar la "raza" autóctona ("patricia" fundamentalmente) a través del mestizaje con colonos venidos de Europa. Aquellos elementos díscolos a toda asimilación en semejante sociedad eran lisa y llanamente reprimidos y suprimidos. En 1831 el primer presidente del Estado Oriental independiente, el General Fructuoso Rivera, había iniciado el exterminio de indios y gauchos matreros. El alambramiento de los campos impulsado por el General Lorenzo Latorre en el Código Rural de 1879, significó el golpe de gracia para aquellos restos del gauchaje que aún resistían el avance arrollador del "progreso". La mayoría terminó en los centros de detención sometidos a trabajos forzados. El resto fué desapareciendo en las guerras civiles que, periódicamente, sacudían al naciente Estado uruguayo. De paso la ley de medianería forzosa incluída en el Código Rural de Latorre acabó con el minifundio y provocó desocupación rural y una emigración masiva de peones, "paisanos", agregados y puesteros a los suburbios de las ciudades (rancheríos) o a los "pueblos de ratas" que empezaron a surgir como hongos. Fueron la raíz del proletariado urbano que sería una de las bases del batllismo, y también el fermento del movimiento sindical tan perseguido por el establishment conservador.
Esos grupos socialmente sumergidos y maltratados eran, por cierto, los descendientes del antiguo Uruguay criollo-mestizo-indio-negro-mulato que el "progreso" pretendía borrar como si de un error histórico se tratase. Pero la invisibilización de tales sectores empezó mucho antes. Comenzó en las Misiones jesuíticas. Especialmente en los Siete Pueblos de las Misiones Orientales, manzana de la discordia entre los Imperios Español y Portugués.
En 1607 a instancias del padre jesuita Diego de Torres se crea la Provincia de Misiones del Paraguay.  Entre 1609 y 1610 comenzaron a fundarse las primeras reducciones, pero las malocas o bandeiras paulistas ocurridas entre los años 1612 y 1632 destruyeron varias de ellas o las obligaron a relocalizarse. En 1641 el triunfo de las milicias guaraníes sobre los bandeirantes en Mbororé permitió la ocupación misionera del territorio al oriente del río Uruguay. Finalmente se construyeron un total de 34 misiones jesuíticas hasta el año 1762: diez al oeste del Paraná, diecisiete entre el Paraná y el Uruguay y siete al este del Uruguay. Las misiones jesuíticas se conformaron mayormente con guaraníes, si bien se integraron (siempre de manera forzosa) pequeños grupos pertenecientes a otras naciones indígenas: charrúas en Santo Ángel, minuanos en Jesús María y guenoas en San Borja. Dedicadas a la agricultura y a la ganadería las reducciones jesuíticas del oriente del río Uruguay fueron poseedoras de extensos latifundios en la región al norte del río Negro, donde se dedicaban al arreo de ganado suelto de las vaquerías. En esta primera etapa tanto de las misiones jesuíticas como de las reducciones y encomiendas guaraníticas de los franciscanos se produjo un constante número de deserciones que pasaron a engrosar la población de vagabundos, changadores, peones de estancia y contrabandistas que poblaron el territorio de la Banda Oriental. Durante un tiempo la Colonia do Sacramento (1680-1777), fundada por los portugueses en el Río de la Plata, fué un polo aglutinador de esta clase de elementos que vivían del comercio y el contrabando que se canalizaba por esa plaza. Esta población heterogénea es el germen del elemento "gaucho", un término que aparece utilizado por vez primera en 1771, y que define a la población marginal (asociada con delincuentes, contrabandistas, vagabundos, ladrones y salteadores), muchas veces vinculada a los indios minuanos, que venía siendo perseguida al menos desde 1747 según una orden dictada al Cabildo de Montevideo por el entonces gobernador del Río de la Plata José de Andonaegui. Precisamente los "camiluchos" guaraníes evadidos de las reducciones contribuyeron en gran medida, junto a fugitivos "blancos" y "negros" de las ciudades e indios renegados, a la gestación de ese tipo social de la campaña rioplatense. Las batidas de las autoridades hispánicas contra los gauchos estaban enmarcadas en las campañas de represión contra minuanos (1730-1764) y charrúas (1702 y1749-50), que se sumaban a la Guerra Guaranítica (1753-56) que enfrentó a los colonizadores con sus principales tropas de asalto. El resultado de tales campañas fué que los "indios" y los "gauchos" fueron expulsados al norte del río Negro. Pero el resultado de la desastrosa Guerra Guaranítica fue aún más terrible y marca el inicio de la agonía de un pueblo condenado a ser invisible.
Desde el momento mismo de la fundación de la Colonia do Sacramento por Manuel de Lobo en 1680 se convocó a las milicias guaraníes de las Misiones por parte del entonces gobernador de Buenos Aires, José de Garro, para sitiar la plaza. Los guaraníes misioneros no solamente debieron presentarse como soldados al servicio de las autoridades hispanoamericanas en cada una de las batallas contra Portugal que eran ganadas en el campo y luego perdidas en las negociaciones diplomáticas, sino que fueron utilizadas como tropas de guarnición en Montevideo y otras plazas en territorio oriental. Además debieron participar en todas las campañas contra los indios y gauchos. Y no sólo como guerreros: debieron también prestar ayuda en los tareas de construcción y manuales, ya que se trataba de la única fuerza de trabajo calificada en toda la región. De hecho los guaraníes demostraron ser mejores trabajadores y artistas que guerreros.
La proverbialmente desastrosa diplomacia española, empeñada en recuperar la Colonia, aceptó permutarla por el territorio de las Misiones Orientales en el Tratado de Madrid de 1750. La historia del conflicto hispano-portugués por el control de la región fronteriza de la Banda Oriental marca una clara diferencia de visión geopolítica entre ambos Imperios. Portugal buscaba controlar la cuenca del Plata en su totalidad, pero España, por alguna razón, se contentaba con defender la zona del estuario platense. Si los monarcas de España hubieran tenido un ápice de visión estratégica les habría bastado con reforzar la frontera misionera para defender aquellos territorios. Sin embargo, con el Tratado de Madrid de 1750 aceptaban el desmantelamiento de aquella línea defensiva. Y no sólo eso, también se arriesgaban a desmantelar un ejército organizado -si bien, quizá, no especialmente efectivo- como era el de los guaraníes.
En efecto, la órden de Fernando VI (1746-1759) de evacuar los siete pueblos de San Borja, San Nicolás, San Miguel, San Lorenzo, Santo Ángel, San Luis Gonzaga y San Juan Bautista, junto a sus respectivas estancias y las pertenecientes a Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé, Apóstoles y Concepción, llegó a Buenos Aires oficialmente en 1751. El superior de las Misiones, Bernardo Nusdorffer, comunicó la noticia a los cabildos de los siete pueblos entre marzo y abril de 1752. Inmediatamente el cabildo y caciques de San Juan Bautista se declararon en rebeldía. Para mayo de 1573 todos los pueblos de las Misiones Orientales estaban en pie de guerra. En 1754 llegó una órden directa de España al gobernador Andonaegui de que debía tomar por la fuerza los siete pueblos misioneros rebeldes y entregarlos a las autoridades portuguesas. En mayo, Andonaegui concentró 1500 hombres procedentes de Buenos Aires, Santa Fé, Corrientes y Montevideo en Santo Domingo Soriano. Los portugueses hicieron lo propio, al mando de Gomes Freire de Andrade, gobernador de San Pablo y Río de Janeiro, en el Fuerte Jesús María José de Río Pardo. Los guaraníes recibieron refuerzos de tribus charrúas, guenoas y minuanas. Las operaciones fueron dificultadas por la estrategia de guerrillas de la enconada resistencia guaraní que obligó a la retirada de las tropas coaligadas, pero los dos cabecillas misioneros Rafael Paracatú y José Sepé Tiarayú fueron capturados. En noviembre de 1754 se firmó un armisticio en el Yacuí.
En diciembre de 1755 se reanudaron las hostilidades con la inclusión del gobernador de Montevideo, José Joaquín de Viana, en la guerra contra los guaraníes. Éstos eran comandados por José Sepé Tiarayú, quien se había escapado de sus captores portugueses. En febrero de 1756 se unieron a los coligados anti-misioneros 150 soldados enviados desde España. Los guaraníes opusieron una tenaz guerra de guerrillas al imponente ejército que se le oponía. En un enfrentamiento en Batoví Viana mata a Sepé. Lo sustituye en el mando de las fuerzas misioneras Nicolás Ñanguirú. Pero el 10 de febrero de 1756 el caudillo misionero y 1.511 de sus hombres son aniquilados en la Batalla de Caibaté. Luego del desastre la casi totalidad de los pueblos son ocupados. Los restos de la fuerzas guaraníes aún presentarán Batalla en Chumiebí el 22 de marzo y en San Miguel en mayo. Pero el 8 de junio, Andonaegui dió por terminada la guerra y supervisó la evacuación de 29.191 personas al occidente del río Uruguay. En noviembre Viana hace construir el Fuerte de San Antonio de Salto Chico (antecedente de la actual ciudad de Salto). El ejército aliado permaneció diez meses en las Misiones. Finalmente los portugueses se retiraron a Río Pardo, sin llegar a ningún acuerdo sobre los límites. Portugal retuvo la Colonia y España las Misiones hasta que el Tratado de El Pardo de 1761, a instancias del nuevo monarca Carlos III (1759-1788), anuló totalmente las disposiciones del Tratado de Madrid. Realmente aquella fue una guerra inútil que produjo un desastre humanitario del que, obviamente, nadie se hizo cargo.

Difícil es estimar el número de indios misioneros que se escaparon de las reducciones a lo largo de la existencia de la Provincia de las Misiones. Se sabe que fue una sangría lenta y continua motivada por la resistencia al trabajo comunal y a la rutina diaria, la inadaptación a la estructura socio-económica misional,  el ofrecimiento de trabajo y altos salarios por parte de los hacendados criollos e, incluso, algunas crisis alimentarias motivadas por malas cosechas. Pero hubo períodos donde las emigraciones fueron más intensas. Uno de ellos fué durante las epidemias que asolaron las reducciones entre 1690 y 1732. El segundo período de más drástico drenaje poblacional fue entre 1751 y 1762, durante la crisis que desembocó en la Guerra Guaranítica. De los 29.191 pobladores de los siete pueblos de las Misiones Orientales existentes en 1750 sólo quedaban 14.018 en 1762. Únicamente San Nicolás, San Lorenzo y, en menor escala, San Borja, sufrieron menor despoblación. A este despoblamiento se suma la relocalización forzosa de la población por parte de las tropas de ocupación. Los españoles obligaron a 15.000 guaraníes misioneros a realojarse en rancheríos sobre el río Paraná y en campos junto al río Uruguay. Las tropas portuguesas de Gomes Freire de Andrada arrastraron a 1.000 familias guaraníes a Río Grande. La mayoría se utilizó para poblar el recientemente fundado pueblo de Nuestra Señora dos Anjos en Viamao (1756). En 1763 arribaron 3.500 indios a la aldea. El trato dispensado a los mismos motivó un descenso sostenido de la población por deserción desde 1780. De hecho a fines de siglo el pueblo virtualmente desapareció por el despoblamiento. La población guaraní de Viamao buscó refugio mayormente en la Banda Oriental, además de dispersarse en campos riograndenses.

Es necesario precisar que, si bien el masivo poblamiento guaraní del territorio oriental es parte de un proceso iniciado antes de la colonización europea, no es posible cuantificar la importancia de la emigración guaraní pre-hispánica en el Río de la Plata. Se sabe que muchos grupos indígenas, asentados en el área litoraleña estaban inmersos en un proceso de aculturación conocido como "guaranitización". Se trataba de la apropiación por parte de esas tribus de bienes culturales (incluído el idioma) de procedencia guaraní. Existe constancia de penetración guaraní masiva en el área misionero-correntina-chaquense y riograndense, y del asentamiento de grupos guaraníes en el Delta del Paraná (chandules). Esta corriente migratoria habría arribado a la Banda Oriental hacia el siglo XV-XVI desde el Delta hasta Colonia (región del río Santa Lucía) y desde Río Grande hacia el norte y este del actual territorio oriental (hay indicios de asentamientos guaraníes en Isla Larga 9, zona de San Miguel, Rocha). No obstante, básicamente, al menos hasta el río Yacuy al norte y la región de la laguna Merim al Este el territorio seguía siendo charrúa y de otras tribus no guaraníes. Lo mismo sucedía en Entre Ríos y Santa Fe, donde predominaban los chanás y otros grupos. Precisamente con un grupo de guaraníes de las islas (chandules) tuvo el piloto Juan Díaz de Solís su infortunado encuentro en 1516. Estas tribus desaparecen rápidamente de las crónicas españolas, suponiéndose que se extinguieron debido a múltiples causas (guerras, epidemias, mestizaje con los colonizadores) antes incluso que los chanás en el correr de los siglos XVII y XVIII. De modo que la más importante corriente migratoria guaraní a territorio oriental se produjo en pleno período colonial hispánico.

La expulsión de los jesuitas en 1767 marca una fase de despoblamiento terminal de las Misiones en general. La autoridades civiles se mostraron incapaces para detener la hemorragia que redujo dramáticamente la población de las otrora populosas ciudades jesuíticas. Privados de la organización misionera los indios se vieron sumidos en la anarquía. Tan es así que el muy odiado gobernador de Yapeyú Francisco de Rodrigo no pudo oponer resistencia a la invasión lusitana a las Misiones Orientales y la villa de Melo en octubre de1801 llevada a cabo por el bandeirante José Borges do Canto. La ocupación portuguesa, motivada por la pasividad indígena, motivó una nueva oleada de refugiados en Misiones Occidentales, Corrientes y la Banda Oriental. Esta sangría se acentuó durante el proceso artiguista (1810-1820), una de cuyas bases sociales la constituyó el "paisano" de orígen tape y mestizo. Artigas no pudo evitar un nuevo desastre humanitario en las Misiones Orientales durante la guerra de 1816-1820, que terminó con la ocupación portuguesa de la Provincia Oriental. Por otro lado el hostigamiento portugués en la frontera de la Banda oriental fué permanente durante todo el artiguismo. Por otro lado tras la derrota final de Artigas por el caudillo entrerriano Ramírez se produjo un éxodo de 4.000 indios tapes a lo largo de la década posterior a 1820 desde las provincias de Corrientes, Misiones y Entre Ríos huyendo de las persecuciones a las que fueron sometidos como parte de los sustentos populares y militares del artiguismo. La mayoría se estableció en los campos entre los ríos Daymán, Arapey y Queguay, bajo protección del gobierno portugués de Montevideo y de su entonces aliado como jefe de las milicias de campaña el general Fructuoso Rivera.


El último aporte masivo de guaraníes misioneros a la Banda Oriental se produjo en 1828. Ese año Rivera toma las Misiones Orientales, forzando un armisticio entre las Provincias Unidas, el gobierno de la Provincia Oriental y el Imperio del Brasil. Al retirarse Rivera lo siguió un número de guaraníes misioneros superior a 4.000 individuos (según algunas estimaciones pudieron llegar a ser unos 6 u 8.000). Con ellos se formó inicialmente el primer pueblo de Bella Unión o Colonia Santa Rosa de la Bella Unión del Cuareim, si bien luego fueron trasladados varias veces a distintos emplazamientos debido a que protagonizaron alzamientos contra el gobierno del recién creado Estado Oriental. Esto no quita que, de hecho, el presidente Don Fructuoso Rivera, utilizara escuadrones de milicianos misioneros (la mayorías procedente de Paysandú) para reprimir las revueltas indígenas y dirigir el exterminio sistemático de charrúas y gauchos matreros al norte del río Negro.

La historia de la Colonia Santa Rosa de la Bella Unión del Cuareim es todo un símbolo del trato dispensado por el Estado uruguayo a la población indígena que tan destacada participación tuvo durante el artiguismo y la primera fase de las luchas por la independencia. El 3 de noviembre de 1830 hubo festejos en la colonia debido al nombramiento de Rivera como presidente del nuevo Estado Oriental. Misioneros, charrúas y guaycurúes participaron en los festejos.  Sin embargo una de las primeras medidas del gobierno de Rivera fue decomisar las 100.000 cabezas de ganado propiedad de los jefes misioneros. Se les prometió un suministro periódico de carne que se hizo insuficiente. La colonia llegó a padecer tales hambrunas que, a los pedidos de los jefes indígenas se sumó el del comandante de la colonia Evaristo Carriego. Pero el gobierno estaba demasiado ocupado en las operaciones de exterminio de charrúas y gauchos para atender las demandas de la colonia. Muchos misioneros desertaron y se esparcieron por el litoral del Uruguay. Muchos se asentaron en Salto, Paysandú y Tacuarembó. Otros formaron rancheríos en zonas rurales. En 1832 los jefes Francisco Javier Sití, Agustín Comandiyú y Gaspar Tacuabé se rebelan instigados por Lavalleja (el rival de Rivera), lo que motiva el inmediato envío de tropas gubernamentales al mando de Bernabé Rivera a la colonia. El 6 de junio el brasileño riograndense Bentos Manuel, aliado de Rivera, arrasa la colonia. El día 8 Tacuabé y Comandiyú son derrotados en Belén por tropas conjuntas riveristas y riograndenses. Un gran número de misioneros encontró refugio en La Cruz y en Mandisoví, Entre Ríos. Uno de los episodios de esta guerra es la muerte de Bernabé por charrúas, que hacían causa común con los misioneros de Bella Unión,  en venganza de las matanzas de Salsipuedes y Mataojo de 1831. Tacuabé rsiste hasta octubre en Belén pero es finalmente derrotado. La colonia es disuelta definitivamente. Gaspar Tacuabé huye a Mandisoví, Entre Ríos. 860 pobladores, fueron asentados en marzo de 1833 en el paso de Durazno del Yí. El resto es enrolado en el ejército. Luego, a fines de setiembre, unas 350 familias fueron trasladadas a San Francisco de Borja del Yí, en el departamento de Florida. En enero de 1835 no quedaban más que 40 familias. En 1860 se disuelve la colonia y sus habitantes son distribuidos en tierras adjudicadas en Durazno y Florida.
Los guaraníes misioneros, sobre todo los pertenecientes a los "Siete Povos", constituyen una de las bases poblacionales de la nación uruguaya. Su aporte siguió siendo fundamental durante la migración riograndense que abrasileró gran parte del norte del país hasta su absorción dentro de la cultura nacional motorizada a partir de la reforma educativa vareliana de fines del siglo XIX. En efecto hacia 1850-60 la población de origen brasileño, distribuida en los departamentos fronterizos, era de unos 20.000 individuos, constituyéndose en la principal corriente migratoria seguida por españoles, italianos y franceses. Desde 1835 a 1842 entraron 1.218 brasileños al territorio oriental, todos ellos varones. De hecho salieron en ese período 680 brasileños. Pero en las décadas siguientes el aluvión tiende a aumentar, siendo tanto de varones como de mujeres, y sólo decae a partir de 1860-70. La migración riograndense está compuesta en su mayoría por elementos mestizos, indígenas y negros, siendo los blancos una minoría (en su mayoría hacendados). Dentro de esta corriente los individuos de origen guaraní misionero aportuguesados son un importante porcentaje.





Ahora bien, en un principio es posible rastrear la existencia de apellidos misioneros en la población uruguaya (por ejemplo, en 1797 se tiene constancia de que un tercio de los matrimonios en Melo está compuesto por varones guaraníes; también se sabe que en Salto, entre 1830 y 1835 el porcentaje de apellidos guaraníes oscila entre un 25 y un 56.3% de la población). No obstante desde mediados hacia fines del siglo XIX los porcentajes decaen abruptamente a niveles que oscilan entre un 10 y un 2 %. Tal hecho no sólo testimonia el final de la inmigración misionera, sino también el inicio de la invisibilización del descendiente de guaraníes en Uruguay.  La adopción sistemática de apellidos castellanos y la inclusión voluntaria dentro de la categoría de "blanco" terminó por hacer desaparecer todo vestigio de población misionera de los padrones. Se llegó al extremo de creerse que no hubo mestizaje en Uruguay, o que éste fue muy poco significativo. El hecho es que el actual resurgimiento de la identidad indígena en Uruguay se hace sobre la base del reconocimiento de la ascendencia charrúa más que de la guaranítica. Y lo cierto es que la población indo-descendiente uruguaya es un conglomerado de varios linajes absorbidos dentro de una población mayoritariamente identificada con lo europeo o "blanco".  En los padrones de los primeros poblados en territorio oriental aparecen mencionados no sólo misioneros y guaraníes no misioneros, sino también chanás, charrúas, minuanos, pampas, calchaquíes, collas y otros. Esa población tendió a mezclarse entre sí y también con blancos y negros, dando origen a un complejo conglomerado multi-étnico. Sin embargo no toda esa población "híbrida" fue absorbida en la sociedad de mayorías blancas. Un alto porcentaje conformó los sectores más marginales en la escala social, reforzando la tendencia a separarla de otros grupos sociales. Conocidos a veces como "negros" o "morochos", constituyen una categoría ambigua sin identidad ni pertenencia. Quizá la peor de las discriminaciones que sufren es la de ser considerados como parte de la población "blanca". Pero a pesar de su esfuerzo la mayoría de la población "mestiza" uruguaya no fue aceptada completamente por la mayoría "blanca". Siguieron siendo ciudadanos de segunda clase, siempre luchando por ser reconocidos como parte de una sociedad que los condenó a la invisibilidad.



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