ENSAYO: PAPEL DE AMÉRICA LATINA EN LA HISTORIA RECIENTE. IDENTIDAD LATINOAMERICANA E IDENTIDAD GLOBALIZADA






Antes de abordar la temática que nos ocupa es necesario precisar los alcances de los términos “América Latina” e “Historia Reciente”. En todo caso, ¿a qué nos estamos refiriendo con tales denominaciones?.
 Para empezar digamos que estamos de acuerdo con la afirmación de Canclini respecto a que…”Siempre la latinoamericanidad fue una construcción híbrida, en la que confluyeron contribuciones de los países mediterráneos de Europa, lo indígena americano y las migraciones africanas. Esas fusiones constitutivas se amplían ahora interactuando con el mundo angloparlante…Más allá, lo latino se remodela también en diálogo con culturas europeas e, incluso, asiáticas”.
 Teniendo en cuenta esta acertada definición, en el presente trabajo utilizaremos el término en sus dos acepciones: la cultural y la geopolítica. En éste sentido se entiende por latinoamericano aquel espacio “híbrido” generado en el marco de procesos políticos de desplome de los imperios latino-parlantes europeos en América. De este modo evitamos separar lo cultural de lo geopolítico. Procurando no caer en las discusiones que se suscitan al abordar desde un único aspecto la definición de “latinoamericanidad”.
 Por ejemplo, en lo estrictamente cultural se circunscribe lo latinoamericano en el espinoso asunto de lo étnico, y se discute si los franco-canadienses, los cajuns de Luisiana o los floridenses deben ser incluídos en los colectivos latinos. En lo geopolítico no hay acuerdo respecto a si incluir el espacio caribeño y las Guayanas dentro de un pretendido espacio latinoamericano.
 Ahora bien, el otro punto a aclarar es el referido a “Historia Reciente”. En este respecto adherimos a la definición del historiador chileno Ángel Soto Gamboa (que cita a otros autores), quien establece claramente el ámbito  de la “historia reciente” dentro de la “historia del presente”. Es decir en el de aquellos eventos aún vivos e inconclusos (Soto: “Historia del Presente. Estado de la Cuestión y Conceptualización”, www.historia-actual.org). Este autor considera a la categoría “historia reciente” como un apartado dentro de la “historia contemporánea”. Con Aróstegui, a quien cita en la obra ya mencionada, le da el carácter de “coetaneidad”. Recalca también la carencia en dicha categoría histórica de limitaciones cronológicas fijas y establecidas.
 Como categoría dinámica y móvil tiene la característica de que se identifica con el período cronológico en el que desarrollan su existencia los propios actores e historiadores. Esto le agrega una dificultad extra respecto a la pretensión de “distancia” y “objetividad” del investigador respecto a los hechos que investiga.
 Precisamente Soto cita a Jover definiendo a la categoría “historia reciente” como “un proceso unitario que engloba pasado, presente y futuro” y aventura una posible delimitación cronológica del campo de estudio: abarcaría aquellos hechos que involucran una “generación activa” (o viva), la que la antecede (padres e incluso abuelos) y la que le sucede (hijos, nietos…). J. Grunewald (citado por Soto, op. cit.) destaca que es necesario seguir un criterio en el que se denoten…”relaciones estrechas de inmediatez con los problemas políticos y sociales contemporáneos”…a la hora de establecer algún tipo de cronología de los eventos recientes.

 América Latina, como fenómeno político, social, económico y cultural, no puede entenderse aislándola del contexto global. Su propio origen y hasta su identidad misma están estrechamente ligados a eventos coyunturales de carácter internacional que atraviesan su historia continuamente. Sea como reacción a favor (como modelo a seguir, por ejemplo) o en contra (como algo a lo que oponerse) lo exterior juega un papel fundamental en toda la historia latinoamericana.
 Esta dialéctica constante, especie de torbellino de pasiones, de amor-odio, de atracción-rechazo, liga a todo el contexto “latinoamericano” no solo con naciones del Occidente, sino también con África, Asia y Oceanía. La continua búsqueda de una identidad aún indefinida, en permanente construcción, nos termina hermanando o divorciando de todos los sectores planetarios con los que hemos tenido necesariamente algún tipo de relación. Sea con el espacio hemisférico, sea con el contexto europeo, sea con el primer, segundo, tercer o cuarto mundo…
 Desde un principio los “americanos” (del sur y del centro) tuvieron problemas para definirse a si mismos. Hijos bastardos de “blancos” españoles, descendientes o herederos de orgullosas estirpes indígenas, mestizos o revoltijo de múltiples culturas aborígenes unas y trasplantadas otras de los cuatro rincones del mundo… He aquí el combustible que enciende periódicamente la mecha de los conflictos que inestabilizan esa permanente contradicción o bipolaridad cultural, étnica, política y social que es nuestra América Latina. Bipolaridad última, a pesar de que podría perfectamente verse como una multipolaridad, ya que (como desarrollaremos en este trabajo) siempre terminan enfrentándose a muerte dos cosmovisiones predominantes.
 La posición radical del absolutismo hispánico termina convirtiendo a los colectivos hispano-americanos en americanos anti-hispánicos. El contexto mundial hegemonizado por Gran Bretaña y Francia (precisamente se atribuye a Napoleón III la paternidad de la denominación geopolítica de “América Latina”) introduce la brecha social no ya entre “patricios criollos” y “castas”, sino entre élites que se identifican como “europeos y “liberales” y masas heterogéneas que sólo se unen para oponerse a las élites. Finalmente, al surgir Estados Unidos como potencia dominante nos reordena dentro del “patio trasero” y nos obliga a identificarnos en la categoría reduccionista de “latino” (los americanos que hablan lenguas romances). A la dualidad social se suma ahora la ideológica en el sentido de “derechas” conservadoras e “izquierdas” revolucionarias.
 En esta confusión de identidades desarraigadas vemos a “blancos” que se califican como “negros” (clases bajas de Buenos Aires), “negros” que se consideran “blancos” (los recientes censos han constatado que muchos afro-descendientes se incluyen como euro-descendientes en Argentina, Uruguay, Costa Rica y otros países), indígenas que se dicen descendientes de españoles y personas que no tienen una sola gota de sangre aborigen identificándose como aztecas, charrúas, incas, araucanos, etc.
 Precisamente aquí radica la originalidad y el principal aporte de América Latina a la historia reciente. Las naciones latinoamericanas han contribuido a la gestación del modelo globalizado de Estado-Nación. Entendido éste como un territorio de fronteras permeables, interconectado con el resto del mundo, poblado por gente de variadas procedencias; estructura artificial donde la identidad poco tiene que ver con el origen étnico (se puede ser un ciudadano de cualquier Estado-Nación con sólo cumplir con determinados requisitos de “nacionalización”).
 En este sentido, América Latina exportó al mundo el concepto de “negación del otro” (definido por Hopenhayn en “América Latina desigual y descentrada”). La radicalización de los ideales universalistas de la revolución francesa cuajó en estados-nacionales vernáculos donde el principio de igualdad de los ciudadanos se convierte en auténtica negación de la multiculturalidad y de las identidades étnicas. Otra vez recurriendo a Hopenhayn, se trata de una “invisibilización de la diferencia”. De ese modo lo indígena y lo afro no aparecen como colectividades, generando exclusión y subordinación.
 La idea de la homogeneización de la población dentro de un Estado termina imponiéndose como paradigma del estado-nación moderno. El proyecto globalizador actual, en nuestra opinión, apunta a una homogeneización donde las identidades heterogéneas son transitorias. La idea es diluir las identidades, lo diferente, en un todo formado por la sumatoria de las partes. En este sentido discrepamos levemente con la idea de Hopenhayn de que el reconocimiento de la diferencia es parte del proyecto de “desmantelamiento del Estado social”.
 Teniendo en cuenta lo arriba afirmado añadimos que el papel que juega en la historia reciente la América Latina es tan importante como el que jugó en su mismo origen: un papel clave para entender la evolución política y cultural de Occidente y su relacionamiento con el contexto cada vez más globalizado desde el siglo XVIII.

 Para entender la historia reciente de América Latina, y la cuestión que nos ocupa en este ensayo, nos remontaremos al período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Latinoamérica juega un papel de subordinación a los grandes “jugadores” del Norte industrializado no bien éstos retoman el control político-económico planetario finalizada le Segunda Gran Guerra. Vieja rémora de su pasado colonial y de su primera experiencia independiente (más bien neocolonial o quasi-colonial), las naciones del espacio latinoamericano no son capaces de capitalizar la situación internacional favorable que se les presenta en las décadas del `30, `40 y `50.  No bien el mundo comienza a ser hegemonizado por Washington y por Moscú, Latinoamérica será un escenario clave de la gran batalla entre dos superpotencias enfrentadas. El complejo contexto de movimientos vernáculos de tipo socialista o progresista termina siendo interferido por intereses globales.
 El impacto de esta coyuntura constituye el primer gran trauma (o mito) de la historia reciente de América Latina. En la “memoria colectiva” de los pueblos se lo vivirá como el final frustrado de una época de oro. El sacrificio de un “destino glorioso” (primera elaboración a medias tintas de una suerte de “destino manifiesto” latinoamericano pero sin final feliz) en aras de intereses de superpotencias en pugna por el control del mundo.
 Las llamadas “décadas gloriosas” (del `45 al `75) del consenso de Bretton Woods (en el que, básicamente, se impuso el dólar como moneda internacional) marcaron el ritmo de la vida política, económica y social de América Latina. Tras un período inicial de carácter “populista”, con regímenes fuertes, relativamente estables, de amplia base social, la situación se fue tornando más conflictiva llevando a un deterioro estructural (social, económico, político) hasta degenerar en guerras civiles e intervenciones militares en los ´60 y `70. La creciente hostilidad de Estados Unidos a cualquier régimen sospechoso de connivencia con la Unión Soviética (Washington buscaba evitar a toda costa la existencia de una segunda Cuba en el continente) llevó a que los procesos políticos vernáculos se vieran obstaculizados permanentemente.
 En el correr de las décadas del ´60 y `70 Washington logró imponer directa o indirectamente en todo el Hemisferio el alineamiento forzoso a su política. Sólo Cuba quedaba excluida, ya que estaba bajo el paraguas protector de Moscú. En este contexto se entiende la epidemia de dictaduras militares que afectó a la casi totalidad de América Latina en este período. Coincidiendo también con la crisis internacional de 1971 (originada en el embargo petrolero de los países árabes a Occidente) que llevó a la quiebra definitiva del modelo económico de Bretton Woods. La debilidad en el mundo occidental se tradujo en contracciones o retracciones de las naciones sobre sí mismas (modelos basados en el Estado interventor en la economía) y la consolidación en América Latina de regímenes fuertes bajo supervisión de Washington.
 La generalización del proceso descolonizador en África y Asia pauta un recrudecimiento peligroso de la pugna americano-soviética, y América Latina no es ajena a esta atmósfera de tensión. Aquí se gesta un nuevo gran trauma en la memoria colectiva y en los procesos de construcción de las identidades latinoamericanas: la “revolución” frustrada.  La interiorización de dos cosmovisiones enfrentadas constituye aún hoy el principal obstáculo para conformar una identidad nacional más allá de las diferencias sociales e ideológicas intrínsecas.
 La crisis del ´70, con la caída del dólar y la crisis energética, marcó el inicio de un período recesivo donde Estados Unidos perdió el predominio en el plano económico, siendo sustituido por Alemania y Japón. Aún así Washington orientó la política económica que aplicaron los regimenes latinoamericanos en líneas generales (desde la Alianza para el Progreso de Kennedy a las inversiones “condicionadas” de Reagan).
 Hacia mediados de los `80 las dictaduras militares cayeron al carecer de apoyo internacional. También el endeudamiento económico y el aumento de la pobreza pautaron el fracaso de la política económica (quizá con la sola excepción de Chile) y le restaron el apoyo de los sectores financieros y clases medias. El retorno a regímenes democráticos no obstante no produjo una alteración sustantiva de la línea económica: al contrario, se la profundizó, siempre condicionada a las directivas del FMI, el Banco Mundial y a la doctrina de la Escuela de Chicago (asociada a ajustes y reducción del gasto público).
 La profundización del modelo económico se llamó neoliberalismo y defendió la reducción al mínimo de las funciones de Estado favoreciendo la privatización de los servicios. Este modelo se afianzó no bien el bloque soviético implotó a inicios de los ´90 y barrió como un tsunami a los regímenes tercermundistas simpatizantes. El FMI logró imponer por distintos métodos su receta económica y política en África, Asia y América Latina. El neoliberalismo va de la mano con la popularización desde fines de los ´90 del fenómeno llamado “globalización”. Este fenómeno político-económico tiene una fuerte base tecnológica (se basa en las nuevas tecnologías de la comunicación) y propicia un movimiento complejo de carácter socio-cultural.
 Bajo las directivas económicas de la Escuela de Chicago, promovidas por las potencias en el Consenso de Washington, los regímenes democráticos latinoamericanos se entregaron a reformas que marcaron profundamente el ser nacional en construcción.  Se llegó a percibir  este período, por parte de amplios sectores de la población, como una auténtica edad de oro, mientras que otros lo padecieron como una era de oscuridad. De hecho los índices macroeconómicos favorecieron a un sector de la población, pero generaron desigualdad social y un agravamiento en la condición de vida de los pobres. El lastre social del neoliberalismo aplicado en América Latina detonó en crisis ya desde 1994 (“efecto tequila” mexicano). El desplome final de la economía argentina en 2001 (coletazo final de la crisis de 1999) marca un hito en el viraje político-económico que tomará Latinoamérica en el siglo XXI (comparable quizá al impacto del 11S para Estados Unidos ese mismo año).
 Mientras Washington viraba rápidamente hacia un conservadurismo de viejo cuño y volcaba su atención en Medio Oriente y Asia Central, América Latina era sacudida por una oleada de cambio político de tendencia izquierdista-progresista. El fenómeno aún está vigente y aún cuando podemos quedar tentados de considerarlo simple rebrote de “populismo” (como el de los ´40 y ´50), creemos que es lo suficientemente complejo como para merecer un estudio más profundo. De hecho no constituyen una ruptura total con los modelos liberales precedentes, si bien retoman recetas de cierto control estatal de la economía y retorno a su papel de mediador en los conflictos sociales. Por otra parte tildar de “populistas” a regímenes como el de Chávez, Kirchner o Morales no hace justicia a otros regímenes no menos “populistas” como el de Menem en Argentina (pese a ser de signo neoliberal). El fenómeno populista está tan arraigado en el entramado de los constructos nacionales latinoamericanos que, de hecho, tiñe varios fenómenos políticos de distinto cuño ideológico. En todo caso el actual resurgimiento de los nacionalismos de perpectiva “latinoamericana” (es decir, enraizados en los elementos sociales y culturales “autóctonos”) se nos aparece como una reedición de la vieja bipolaridad social latinoamericana. Bipolaridad que es multi-clasista y multi-étnica de ambos lados, si bien se presentó alternativamente como un enfrentamiento de americanos contra extranjerizados, negros contra blancos, pobres contra ricos, zurdos contra diestros, pueblo contra monopolios…

 A modo de conclusión: América Latina aparece insertada plenamente en el contexto de la historia reciente, alimentando o retroalimentando los fenómenos generados por la globalización cultural. Se nos antoja  que las naciones latinoamericanas son de pleno derecho culturas híbridas hijas de la globalización desde sus mismos antecedentes renacentistas. Evolucionan a través de una constante bipolaridad mediatizada por los fenómenos globales. De hecho, es posible que tal bipolaridad no sea más que una parte integrante del ser nacional en construcción permanente, siempre enfrentado a muerte en un duelo donde nadie gana más que batallas pasajeras. Tal bipolaridad genera la contaminación recíproca entre ambas partes, pero la división permanece y renace de las mismas cenizas cuando una logra aniquilar temporalmente a la otra.
 El surgimiento de nuevas potencias económicas y políticas latinoamericanas incidiendo en el contexto internacional propone un auténtico desafío a los modelos de estados-nacionales actuales. Latinoamérica avanza a pesar (o potenciada por) sus contradicciones. Siempre atravesada por los fenómenos globales sus naciones lograron crear identidades bipolares (otros dirán descentradas, híbridas, mestizas…) que las sumen en tensiones muchas veces dramáticas, al borde mismo del continuo colapso, pero aún así consiguen insertarse en el mundo hasta ahora manejado por potencias del Norte más monolíticas, ordenadas y jerarquizadas.

BIBLIOGRAFÍA:

García Canclini, Nestor: “Latinoamericanos buscando lugar en nuestro siglo”. Paidós SAICF. Buenos Aires 2002
Hopenhayn, Martín: “América Latina desigual y descentrada”. Grupo Editorial Norma. Buenos Aires. 2005
http://www.historizarelpasadovivo.cl/ Dirección de Anne Pérotin-Dumon: “Historizar el Pasado Vivo en América Latina”.
http://www.historia-actual.org. Soto Gómez, Ángel: “Historia del Presente. Estado de la cuestión y conceptualización”, Soto Gómez, Angel.
López, Margarita; Figueroa, Carlos; Rajland, Beatriz (Editores): “Temas y procesos de la historia reciente de América Latina”. Editorial Arcis-Clacso. Santiago de Chile. Julio 2010

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